jueves, 18 de diciembre de 2014

"-Yo iba por delante doce años respecto de ella, pero aún así decidimos ir juntos a aquel cuarto a descubrirnos, a quitarnos el disfraz que cubría nuestra desnudez.
Nos bebimos en un par de besos y rodaron caricias cuesta abajo por las curvas de su juvenil cuerpo.
Yo sentí miedo y un montón de cosas pasaron por mi mente en ese breve instante, pude adivinar en sus ojos que tenía expectativas fundadas en aquel encuentro.
Supongo que tenía mucho que enseñarle en el terreno de quitar la ropa, estrujar el cuerpo y follar la carne.
La mirada le titilaba y con ella el deseo frenético de sacarle ruido al colchón que se nos tendía delante.
Yo solo la besé por todas partes, incluso las que han ido perdiendo el casto nombre, a cuenta de la pornográfica vulgaridad de ir desmantelando la anatomía de la mujer y el hombre en el acto del sexo.
Se dejó llevar y de su boca dejó escapar gemidos y ayes, cosas que mi débil naturaleza y mi inconsciente interpretaron como placer provocado, lo que hizo que me esmerara más en las caricias y los besos, incluso en aquellos que la iglesia excomulgaría.
Y aunque quise devorarla, tomarla con lujuria, embestirla con el ardor de un infierno de lascivia, mi cuerpo no dió con la sintonía de mis perversiones.
Ella en cambio me tomó como su fetiche y se procuró placer como pudo conmigo.
El sudor nos empapó y llovieron más besos y caricias y de cuando en cuando se cruzaron nuestros ojos.
"Me gustas","que rico", "dame más", "así", "no pares"; ayes y Oh dioses, el lenguaje repetitivo de la faena uno muy monosilábico y gestual que nos fué llevando poco a poco a la cima de una montaña rusa tan común hoy en día como el vicio de respirar.
Sentí la singular agonía de quedarme sin aliento mientras mi alma se hizo esperma que se derramó en sus entrañas, ella me acompañó en un sonoro gemido y fue el fin de la aventura.
Me sentí vaciado, como si hubiese dejado ir algo importante de mi mismo, ella se abrazó a mi, como una garrapata, pude sentir su respiración en mi pecho y la humedad sudorosa de su cuerpo desnudo.
Su sexo estaba húmedo y fresco todavía, tanto como sus ganas de seguir en aquello.
Yo lo vi en sus ojos, pero mi alma decía otra cosa a mi conciencia.
No la había obligado a nada, yo no invité al pecado, pero fuí su celestino alcahueta.
Ella se levantó luego, así sin mas, se fumó un cigarro de sospechoso pero conocido aroma, se duchó, se acicaló y se dispuso a partir con prisa.
"-fue un placer.-", me dijo; "-quizás te vea de nuevo.-" terminó con eso.
Lo cierto es que nunca más la volví a ver, ni siquiera recuerdo su nombre o la ropa que le quité aquella noche.
Pero tengo en mi memoria el recuerdo fresco de haberme entregado, con lo poco o mucho que pudiera ella tomar de mis doce años de ventaja sobre ella.-"