"Saqué a pasear a mis demonios, los eché a la calle un rato, y el circo de la vida estaba lleno de personajes curiosos, de multitud de máscaras, caretas, disfraces, un carnaval de apariencias.
El chico play, con su smarth phone, en un intenso cyber romance, apenas y podía mirar de frente para no caerse, tardó un buen rato en pagar su pasaje, pues no pudo quitar sus ojos de aquella pequeña pantalla.
Más allá una chica cuya longitud en su falda, dejaba entrever la descarada intención de arrancar las miradas libidinosas y los verdosos pensamientos de los machos, sus lentes oscuros lograban disimular tenuemente la picardía de su mirada, era obvio que su intención era provocar.
Luego hallé al méndigo, habitante de la calle, disfrazando su necesidad en harapos malolientes, extendiendo su ambición de dinero fácil, a través de un discurso practicado, una vieja herida que no sanó jamás, una llaga en su cuerpo producto de algún accidente del pasado, quizás auto-infligido, la ayuda gráfica, y el testimonio de su necesidad, la prueba de su hambre, la que dibuja en su rostro con actuación estelar, ésa que logra conmover a cualquier transeúnte, que se rebusca lastimero, en sus bolsillos, las monedas que le sobraron para colocarlas con una mezcla rara de reticencia, repulsa, y compasión.
Más allá había un chico, pantalón descaderado, doblado hasta la rodilla, con unos tenis de moda, gorra beisbolera, gafas oscuras, muy a pesar de lo gris del día, en su mano un cigarro sospechoso, con un aroma que nublaba claramente sus sentidos, y enrojecía su mirada.
En la otra mano, un artefacto que resonaba en altos decibeles, una melodía cadenciosa, era más un ruido acompasado, la banda sonora de una lujuria retratada en el descaro de una letra, que repetía con la solemnidad de un himno, música que le alimentaba la lujuria, y que le hacía revolcarse en su oscura y retorcida imaginación, con cualquier chica que se encontrara a su paso.
Parecía como que aquel cigarro pudiese darle el don momentáneo de desvestir a cada incauta que pasaba por su lado, se reía socarronamente, dibujando el morbo en su rostro, de vez en cuando, un piropo vulgar, se filtraba por la hediondez de su boca.
En la otra mano, un artefacto que resonaba en altos decibeles, una melodía cadenciosa, era más un ruido acompasado, la banda sonora de una lujuria retratada en el descaro de una letra, que repetía con la solemnidad de un himno, música que le alimentaba la lujuria, y que le hacía revolcarse en su oscura y retorcida imaginación, con cualquier chica que se encontrara a su paso.
Parecía como que aquel cigarro pudiese darle el don momentáneo de desvestir a cada incauta que pasaba por su lado, se reía socarronamente, dibujando el morbo en su rostro, de vez en cuando, un piropo vulgar, se filtraba por la hediondez de su boca.
Luego vi al snob, al encorbatado, el típico gentleman de los negocios, de las innumerables propiedades, el de la billetera llena de tarjetas, y las cuentas sin un inventario claro de sus posesiones, cuando menos, su acento y particular estilo de hablar, dejaban al desnudo que no tenía más que dinero en sus bolsillos, y soberbia en el resto de la humanidad perfumada.
Miraba de reojo y con cierto desprecio al resto del mundo, mientras hablaba por su teléfono de ultima generación, hacía un recorrido por su inmediato pasado, el viaje a Europa el mes pasado, lo caro del parqueadero del centro comercial, recalcaba el hecho de estrenar un auto del año, y preguntar por parientes de los que casi no ve de tanto viajar.
En una esquina, un tanto camuflada, unas chicas, semidesnudas, exhibiendo sus atributos, con el rostro lleno de subidos colores y miradas localizadas, era evidente que estaban de alquiler, unos minutos de cielo, en cuerpos subastados, una promesa de besos y caricias prestadas, de orgasmos fingidos, de lujuria y morbo con precio pre-establecido.
Luego vi al guardián de la ley, al títere del sistema, al que jura proteger y servir, y que no hace ninguna de las dos cosas, más alcahuete del crimen que otra cosa, su mirada escanea a todo el mundo, una mirada que pone sospecha hasta en el alma más noble, mientras la trampa y el robo hacen fiesta en sus propias narices.
Vi un par de colegialas, lo sé por la uniformidad de sus ropas, sin embargo era evidente que habían modificado adrede el largo de sus faldas, para convertirse en un fetiche sexual del sexo masculino, les escuché un par de palabras, que sin lugar a duda, no tenían nada que ver con lo que se supone, enseñan en la escuela, aquel lenguaje dejaba al desnudo la cruel realidad del abandono de sus padres, del descuido de los adultos que les custodiaban las vidas.
Me topé también con filas enteras de vendedores ambulantes, aquellos que han hecho de la calle una propiedad privada, que surten de cantidad de baratijas las aceras, con la esperanza de arrancar el sustento diario para sobrevivir a esta vida, convirtiendo en un laberinto intransitable la ciudad.
Vi muchos otros espectros, otros demonios afines a los míos, ellos se recrearon por un momento, alivianaron el peso de sus pecados, al darse cuenta que no estaban solos, que allí afuera, también hay resentidos, chicaneros, envidiosos, rencorosos, desadaptados, viejos verdes, pendejos, descarados, inconscientes y mal vivientes.
Respiré profundamente una vez más el aire contaminado por el humo de los autos, el olor de cigarros alucinógenos, el mal aliento de los vagabundos, el estiércol de las mascotas de los ricos, una ves saturados mis pulmones, exhale mi ira y frustración en un suspiro, en la náusea de un vómito casi voluntario, asqueado de la putrefacta descomposición en la que anda todo lo que me rodea ahora.
Regreso a mi casa, me refundo en mí mismo, me guardo mis demonios, los encierro y les pongo las mismas cadenas de sensatez y cordura, vuelvo al mundo que me inventé para sobrevivir a esta cruda realidad de todos los días, de salir a la calle, a exhibir mi propia máscara, a bailar en un carnaval de mentiras y de apariencias, una batalla pública de egos y personalidades, una selección natural, donde impera la ley del más pendejo."

