"-Ella me empujó al encuentro con mis demonios, ésos de los cuales siempre huí y los que negué que existían o habitaban en mi.
Con ella no solo cayeron mis ropas, cuando el sexo acumulado de ganas nos empujaba a la cama, o al frío y horizontalidad del piso; también cayeron mis prejuicios y toda esa puta confusión que te inyecta el mundo y sus doctrinas de antaño.
Con ella yo tejía historias cada mañana, e hilábamos juntos atardeceres, nos mecíamos al vaivén de una música que nos trababa y nos perdía en la inmensidad de una pueril locura compartida.
Nunca nos tomamos en serio las apariencias, pues conocíamos el carácter efímero de lo que entretiene la vista, por eso nos reíamos a cada rato de la sofisticada estupidez del mundo, de sus modas consumistas, de su filosofía barata, de su falsa espiritualidad y de su frío ateísmo.
Lo de nosotros era el esculque de los momentos, de burlarnos de lo que los sentidos nos ponían enfrente.
El hambre nos hizo devorar muchos libros, y llenamos tantas hojas de papel en blanco, como sábanas blancas de esperma y orín orgásmico.
Nos fumábamos una quimera de sueños rotos, y nos remendábamos juntos los descosidos del alma que otros desgarraron.
Nunca intentamos pegar los mutuos pedazos de nuestros corazones hechos pedazos, los dejamos así, para ver con curiosidad indiferente, si algo extraordinario lograba repararlos, un milagro que nunca ocurrió a pesar de nunca separarnos, sin estar del todo juntos.
Lo nuestro, no pasaba de fines de semanas largos, si el asunto era de enclaustrar la desnudez de nuestros cuerpos.
Mas nos dejábamos de ver y hablar el resto de los días, para provocar los celos y la falta de esa presencia que nos reclamaba besos, caricias y abrazos.
Nos olvidábamos un día, y nos volvíamos a conocer en el siguiente, como un estúpido juego pactado, para vencer a la monotonía y no dejar que el tedio matara la magia que nos convocaba al vernos.
Nos tomábamos de la mano de vez en cuando, y nos distanciábamos para probar cada uno por su lado el olvido.
Sus labios quizás besaron otras bocas, y yo quizá dormí al amparo de otro vientre tibio.
No hubo reproche para nuestros comunes pecados y traiciones, no había pacto alguno, ni promesa, ni juramento de sangre.
Simplemente nos pertenecimos en la libertad de escogernos, cada vez que nos sentimos perdidos.
Ella no es mi alma gemela, ni yo su príncipe de azul desteñido.
Somos el pecado y la culpa, el gozo irreflexivo del crimen.
Los alcahuetas de la alegría, los arlequines del placer, los payasos de la melancolía.
Nosotros nos entendemos, aunque el mundo trate de explicar que pasa dentro nuestro.
Sólo en la complicidad de nuestras almas, es que vivir tiene sentido, para ella y para mi.-"