"Y como tantas cosas que carecen de sentido por estos días, diré que permanezco absorto en inútiles pensamientos, de esos que se establecen para siempre en tu mente, como una costra que amenaza con volverse calcárea, que se fosiliza, se petrifica, para inmortalizarse en tu memoria.
así mismo me paso los días caminando con un raro frenesí en mis piernas, que nada tiene que ver con los afanes vanos del mundo, miro por entre las máscaras que suelen usar casi todos los mortales con los que mi enclenque humanidad tropieza, por las aceras infinitas y los "recovecosos" caminos que recorro durante el día.
Mas mi angustia, suele ser un recuerdo que no abandona mis sentidos, que nubla mi lucidez, que me asalta en cada esquina de esta ciudad, cuyo bullicio, no es más que el grito de aquel que busca en su desesperado afán, el sustento para sí mismo, respirando el humo que exhala la inconsciencia colectiva, de los que se creen superiores a los demás, llenando las calles con sus coches y sus almas con egos obesos, de poder, dinero y ambición.
La vida que pasa ante mis ojos, no es más que un carnaval de apariencias, de hambre disfrazada, de gula, de gula disfrazada de riqueza vergonzante, "cosas de buena apariencia, pero sin entrañas", de niñas que se venden en las esquinas, de niños que se drogan en las puertas de los colegios, de jóvenes que malgastan su vida y su dinero en la seducción absurda de las nuevas tecnologías.
De vez en cuando un accidente te revuelve las entrañas, es la tragedia el ingrediente que le da sabor a ése montón de imágenes difusas que pasan como película por tus ojos todos los días.
No hay un breve espacio, del que no se pueda escapar de tu memoria, de lo que fué y ya no es, de lo que imagino pudo ser, si no te hubieses ido, si tu rabia no te carcomiera tanto como el orgullo que ostentas en silencio.
Y yo camino incansablemente, tratando de acabar con la energía de mis días, escribo, leo, bebo café, y me fumo el humo de los autos, el aroma pestilente de la contaminada ciudad que fué una vez bendecida con el amor de dos locos que ya no se reconocen más.
Ahora vuelvo a mi personal tumba, a mi cama, y entro en ese cementerio de recuerdos, la casa, esa fosa de cosas comunes, tu aroma, tus fotos, lo que me escribiste, lo que dibujaste, los objetos que como "souvenir" me dejaste para recordarte.
El masoquismo llevado a la más extrema estupidez, el acto insensible de acostarse con la cabeza llena de tí, y el corazón vacío, hueco, con los ojos enrojecidos no por el humo de un cigarro prohibido, sino por las lágrimas que hacen represa, la congoja que moja tus mejillas en la mañana, un sudor frío de ausencia que recorre sin morbo tu espalda, y una erección matutina, sin ganas de sexo.
Una vida, al fin y al cabo, una que toca vivir, con la esperanza de transformarla en algo más, en algo con algún sentido, un sentido que te aleje las ideas suicidas de no soportar más esta miseria.
Me miro en el espejo y no reconozco al que aparece en el reflejo, no es más que un fantasma que vaga dentro de sí mismo, que recorre el espacio vacío de su ser, un espectro de su mente, la aparición terrorífica de algo que se murió por dentro y que no encuentra paz, en aquel panteón de recuerdos.
Mi esperanza, yace junto a mi, recostada en mi almohada, se levanta, camina, corre, salta, se mete debajo de mi cobija, me abraza, me da un beso en la frente, se mira en el espejo conmigo, pero no me dice nada, es sordo-muda, no escucha mis plegarias, es ciega, no ve el mundo en el que me acompaña".
De vez en cuando un accidente te revuelve las entrañas, es la tragedia el ingrediente que le da sabor a ése montón de imágenes difusas que pasan como película por tus ojos todos los días.
No hay un breve espacio, del que no se pueda escapar de tu memoria, de lo que fué y ya no es, de lo que imagino pudo ser, si no te hubieses ido, si tu rabia no te carcomiera tanto como el orgullo que ostentas en silencio.
Y yo camino incansablemente, tratando de acabar con la energía de mis días, escribo, leo, bebo café, y me fumo el humo de los autos, el aroma pestilente de la contaminada ciudad que fué una vez bendecida con el amor de dos locos que ya no se reconocen más.
Ahora vuelvo a mi personal tumba, a mi cama, y entro en ese cementerio de recuerdos, la casa, esa fosa de cosas comunes, tu aroma, tus fotos, lo que me escribiste, lo que dibujaste, los objetos que como "souvenir" me dejaste para recordarte.
El masoquismo llevado a la más extrema estupidez, el acto insensible de acostarse con la cabeza llena de tí, y el corazón vacío, hueco, con los ojos enrojecidos no por el humo de un cigarro prohibido, sino por las lágrimas que hacen represa, la congoja que moja tus mejillas en la mañana, un sudor frío de ausencia que recorre sin morbo tu espalda, y una erección matutina, sin ganas de sexo.
Una vida, al fin y al cabo, una que toca vivir, con la esperanza de transformarla en algo más, en algo con algún sentido, un sentido que te aleje las ideas suicidas de no soportar más esta miseria.
Me miro en el espejo y no reconozco al que aparece en el reflejo, no es más que un fantasma que vaga dentro de sí mismo, que recorre el espacio vacío de su ser, un espectro de su mente, la aparición terrorífica de algo que se murió por dentro y que no encuentra paz, en aquel panteón de recuerdos.
Mi esperanza, yace junto a mi, recostada en mi almohada, se levanta, camina, corre, salta, se mete debajo de mi cobija, me abraza, me da un beso en la frente, se mira en el espejo conmigo, pero no me dice nada, es sordo-muda, no escucha mis plegarias, es ciega, no ve el mundo en el que me acompaña".





