CRÓNICA DE UN SUICIDA
Pasaron varios meses, antes que la idea se transformara en decisión, la idea merodeó día y noche en su cabeza, como el fantasma de un viejo castillo Inglés.
Su delirio que llegó a estado de demencia, lo llevó a imaginarlo, ¿como sería?, ¿en dónde?, ¿de qué forma?.
Se veía así mismo muchas veces, saltando de alguna parte, un puente, o un edificio alto quizás, pero le pareció una forma muy común de acabar con la existencia, además, su intención era el de poder dejar cuando menos un mensaje póstumo que resultase contundente, si acaso, solo una carta, o un papel escrito, que sin duda muchos leerían con morbo y curiosidad, pero que como todas las cosas de este mundo, incluso la vida misma, perdería la importancia y el interés con el paso del tiempo.
Imaginó luego, colgándose del cuello, con una camisa en la que estamparía, las causas de su mortal decisión, y aunque la idea de la posdata estampada, le pareció original, no así la manera de morir, con el cuello roto, o asfixiado.
Pensó que morir lentamente, era prolongar aún más, un sufrimiento innecesario, que llevaba padeciendo, hacía más de un año.
Entonces su mente se enfocó en algo más macabro, oscuro y siniestro, una mezcla de los métodos comunes y ortodoxos, con algo novedoso, sorpresivo e imprevisto, que causara estupor, que fuera digno de ser recordado; era su propia muerte, ¿por qué no?.
Se llegó entonces el día, una fecha con mucho significado para él, y muy temprano, como de costumbre, se levantó, se acicaló, se despidió de sus seres más queridos, y al cerrar tras de si, la puerta del que fuera su hogar por por tantos años, sintió entonces la nostalgia, del que se marcha, y que sabe en su interior, que no regresará jamás, no cuando menos, vivo.
Su último viaje lo llevó muy lejos de su casa, fuera de la ciudad, inclusive, ésa ciudad que hacía cuarenta y dos años lo viera nacer.
Sintió que dejaba atrás los años de trabajo inútil y desgastante, que poca o ninguna emoción agregaban a su ya melancólica existencia.
Mientras se alejaba de la ciudad, abrió de par en par la ventanilla del autobús, y respiró profundamente, el aire que se colaba veloz, dejó también que el sol de la mañana que se levantaba, encandilara sus ojos, como queriéndolos saturar, de su brillo, recordó entonces aquella femenina mirada, esos ojos color miel que solían producir el mismo efecto del astro rey, que ria recordar su luminiscencia, antes que la oscuridad de la muerte, opacara para siempre su brillo.
Llegó a su destino una hora después, bajó del autobús, y recordó que allí en la terminal, hacía un año atrás, esperaba con ansia y felicidad, a la mujer que marcó para siempre su vida, la mujer que guardaba en su corazón, como el más oscuro de sus secretos, como el más grande de sus tesoros, pero que a su vez, sería ese día "Interfectorem", "mortis causa".
Entró a una pequeña capilla que había allí, estaba casi tan llena como en aquel día, se arrodilló y pidió perdón por lo que haría, otro de los muchos pecados que había cometido durante su vida, uno mortal y definitivo, mucho más que el que cometiera un año atrás con aquel amor prohibido de su vida.
Allí se despidió de su Dios, ése en el que ya no creía, en el que había perdido la fe, le reprochó de rodillas el abandono, el arrebato de su sueño, el juego cruel de poner frente a el, el amor, la pasión y la perfección hecha mujer, y después haberla apartado para siempre de su lado, estrellándolo contra el duro piso de la realidad, secó lágrimas abundantes que brotaron de sus ojos, mordió con rabia, sus labios y su lengua, se santiguó con desdén y dando la espalda al crucifijo sobre el altar, salió de la capilla.
Luego dijo en el tono de voz entrecortada por la pena, pero que muchos curiosos de su actitud, alcanzaron a escuchar:-se que no vendrás por mi alma. que no habrán ángeles esperándome, cuando haga lo que voy a hacer, le pido entonces que el diga al diablo, que no pierda el viaje tampoco, que si quiere mi alma, le tocará buscarla a ella, y reclamársela, se la dí hace un año, se fué con ella, y no me la devolvió jamás-.
La gente del lugar, lo miró con extrañeza, curiosidad y burla, creyeron sin duda que se le había corrido el shampoo, que se le tostó el cerebro, que rompió los engranajes de la cordura.
Bajó por la escalera que lo conduciría, a la salida de la terminal de buses, por un momento permaneció sentado en la parada, simulando la espera de aquella vez, oteaba cada taxi que arribaba, e imaginó que ella llegaba en alguno de ellos, que bajaba de prisa, con su vestido rosado y su chaqueta negra, lentes oscuros para ocultar la belleza infinita de sus ojos, su corazón pareció entonces acelerarse, volvieron a hacerle agua los ojos, se paró de repente, y detuvo un taxi, subió en el, y le dió precisas instrucciones al conductor, parapetó la pena que le desbordaba por sus ojos, con unos lentes oscuros, más las lágrimas rodaban abundantes por sus mejillas, delatando su congoja, los espejos de los lentes se empañaron, y su nariz se saturó de mucosa, la tristeza hacía repuja en su pecho, sacó un pañuelo facial, y secó su rostro, un llanto seco y quedo que quiso disimular brotó de su boca;-¿le pasa algo, caballero?- preguntó el conductor, -nada, el clima de esta ciudad me tiene apestado-, mintió él, y puso su mirada en una de las ventanas del auto.
Llegó al motel aquel, el mismo en el que compartió el día y parte de la noche con aquella mujer, un año atrás, frente a el estaba la misma habitación, como si nunca hubiese sido usada, desde aquella vez, el mismo cuadro sobre la cama, las dos mesitas de noche a lado y lado, el peinador situado en frente, el mismo espejo, y el jacuzzi que hacía burbujas en un rincón de la habitación.
Preparó todo como lo había planeado, desde hacía tanto tiempo, tomo un baño en la ducha, luego abrió las ventanas, se asomó al balcón de la habitación y miró las montañas a lo lejos, se zambulló en el jacuzzi, llevó consigo una botella de licor, que ingirió con rapidez, luego se sintió un poco ebrio, deshizo la cama, y se metió entre las sábanas, abrazó la almohada, y lloró amargamente, imaginó que era ella a quien abrazaba, imaginó haciéndole el amor, como en aquella vez, y que dormiría con ella a su lado.
Bebió aún más, y cuando se sintió los suficientemente ebrio, se armó uno de esos cigarros, de los que te dan risa primero, y luego te aflojan la lágrima, lo fumó lentamente, hizo figuras, con el humo que de pronto se hizo neblina en la habitación, la psicodelia le hizo ver las letras del nombre de aquella mujer, escritas con humo, alucinó de tal loca manera, que rió, gritó, golpeó y pateó con furia y desespero la cama, con toda la furia, la rabia, la amargura, la pena pura, el dolor intenso, la impotencia total.
Cayó dormido, fatigado por la descarga emocional, pero no concilio el sueño por mucho tiempo, se despertó algo mareado y con nauseas, le dolía la cabeza, pensó que se había golpeado contra algo, respiro profundo y ya consciente de los hechos, se puso manos a la obra, había llegado el momento, era el tiempo de acabarlo todo de una vez por todas.
Quebró la botella de alcohol y con uno de los filosos trozos, cortó su brazo izquierdo, escribió en profundos cortes el nombre de su amada, se quejó de dolor, apretó sus dientes, y la sangre empezó a brotar con escándalo tiñiendo de sangre la blancura de las sábanas.
De una mochila que llevara encima, sacó una hoja de papel en blanco, y con su propia sangre escribió una carta.
Esto fué lo que escribió, preso del dolor y la demencia que padecía su alma:
"Amada mía, Mi ....., no entenderás lo que hice, nadie lo hará jamás, me sobran los por qués, ésos que harán falta para explicar, esta decisión, absurda para muchos, cobarde para todos, pero consoladora para mi, una razón que solo yo entiendo, así como lo es este amor, que solo yo siento, he decidido terminar con mi sufrimiento, es en esto, en lo que se ha convertido mi vida, desde que te fuiste de mi lado, quise olvidarte, lo intenté, pero también fracasé como en casi todo lo que intenté despues, quise arrancarte de mi ser, pero no pude lograrlo.
Se que todos me juzgarán por este hecho, más no vivo por la opinión ajena, muero por mi propia voluntad y mano, bajo mi propio convencimiento, de que te amé y te amaré siempre, nadie entiende la profundidad, ni de este sentimiento, ni de las razones que me llevan a hacerlo.
Decidí darle fin a mi tortura, ésta de amarte, de esperarte, sin que seas mía de nuevo, sin que regreses a mi, decido acabar con esto, que fué breve felicidad para mi, y que luego fué mi sentencia de muerte, la misma que ahora, me dispongo llevar a cabo.
Lo siento, perdóname, te amo, gracias!
Luego secando sus lágrimas, que cayeron abundantemente sobre las hojas destiñendo las letras, extrajo de la mochila un revólver calibre treinta y ocho corto Smith and Wesson, que logró comprarle a un malandro por trecientos mil pesos, revisó el tambor, solo había una bala, no le alcanzó el dinero para comprar las otras cinco, -con una sola bastará- pensó para sí, -solo debo ponerla en el lugar correcto-.
Se la puso en la boca, pensó dispararse en ese lugar, más sintió miedo, uno tonto de último momento, hubo amago de arrepentimiento, pensó que le dolería mucho, perdió el valor, se vió con el rostro y el cráneo hecho pedazos por la detonación, así que cambió de parecer, y en su lugar, puso el cañón del arma en su pecho, en el lugar donde sentía los latidos de su nervioso corazón, latía deprisa, entonces, se le vino a la memoria el rostro de la chica, imaginó su cabeza recostada contra su pecho, le pareció aspirar el aroma de su cabello, su respiración, agitado las vellosidades de su vientre, imaginó que ella volvía su rostro para mirarle y clavarle sus ojos miel en los suyos, fué en ese mismo instante en que haló del gatillo.
La detonación resonó en un estruendo seco, que hizo eco en las paredes de la habitación, su cuerpo, quedó tendido en la cam, la bala partió en dos su corazón y perforó su pulmón izquierdo, de su boca y nariz, brotaron hilos de sangre, la prueba inequívoca de que el tracto respiratorio se saturó de sangre, buscando una salida que no fuera el agujero del pecho y la espalda.
De sus ojos también brotaron unas últimas lágrimas, ensangrentadas también, cosa que los forenses no pudieron explicar con certeza absoluta.
Cuando le hallaron sobre la cama, había pintado una especie de graffiti, en una de las sábanas con las que se cubrió el cuerpo, con la misma sangre del brazo, con la que escribió la carta, antes de pegarse el tiro.
El mensaje a puño y letra decía:
"Ciertamente y como muchos sostienen, no se muere de amor, pero por amor sí se mata, aunque el muerto sea uno mismo".
La carta fué hallada en un sobre que tenía como destinatario el nombre de la mujer que se tatuara con el filo del vidrio en su brazo, con una frase póstuma que decía:
"Mi cuerpo a la tierra, mi fé y mi esperanza al Dios que traicioné, y mi alma maldita, al diablo!(aunque el muy infeliz ya sabe, a quién debe reclamársela), y mi corazón partido en pedazos, a la mujer que lo dejó así, cuando decidió marcharse".
Firmo con sangre
Luego dijo en el tono de voz entrecortada por la pena, pero que muchos curiosos de su actitud, alcanzaron a escuchar:-se que no vendrás por mi alma. que no habrán ángeles esperándome, cuando haga lo que voy a hacer, le pido entonces que el diga al diablo, que no pierda el viaje tampoco, que si quiere mi alma, le tocará buscarla a ella, y reclamársela, se la dí hace un año, se fué con ella, y no me la devolvió jamás-.
La gente del lugar, lo miró con extrañeza, curiosidad y burla, creyeron sin duda que se le había corrido el shampoo, que se le tostó el cerebro, que rompió los engranajes de la cordura.
Bajó por la escalera que lo conduciría, a la salida de la terminal de buses, por un momento permaneció sentado en la parada, simulando la espera de aquella vez, oteaba cada taxi que arribaba, e imaginó que ella llegaba en alguno de ellos, que bajaba de prisa, con su vestido rosado y su chaqueta negra, lentes oscuros para ocultar la belleza infinita de sus ojos, su corazón pareció entonces acelerarse, volvieron a hacerle agua los ojos, se paró de repente, y detuvo un taxi, subió en el, y le dió precisas instrucciones al conductor, parapetó la pena que le desbordaba por sus ojos, con unos lentes oscuros, más las lágrimas rodaban abundantes por sus mejillas, delatando su congoja, los espejos de los lentes se empañaron, y su nariz se saturó de mucosa, la tristeza hacía repuja en su pecho, sacó un pañuelo facial, y secó su rostro, un llanto seco y quedo que quiso disimular brotó de su boca;-¿le pasa algo, caballero?- preguntó el conductor, -nada, el clima de esta ciudad me tiene apestado-, mintió él, y puso su mirada en una de las ventanas del auto.
Llegó al motel aquel, el mismo en el que compartió el día y parte de la noche con aquella mujer, un año atrás, frente a el estaba la misma habitación, como si nunca hubiese sido usada, desde aquella vez, el mismo cuadro sobre la cama, las dos mesitas de noche a lado y lado, el peinador situado en frente, el mismo espejo, y el jacuzzi que hacía burbujas en un rincón de la habitación.
Preparó todo como lo había planeado, desde hacía tanto tiempo, tomo un baño en la ducha, luego abrió las ventanas, se asomó al balcón de la habitación y miró las montañas a lo lejos, se zambulló en el jacuzzi, llevó consigo una botella de licor, que ingirió con rapidez, luego se sintió un poco ebrio, deshizo la cama, y se metió entre las sábanas, abrazó la almohada, y lloró amargamente, imaginó que era ella a quien abrazaba, imaginó haciéndole el amor, como en aquella vez, y que dormiría con ella a su lado.
Bebió aún más, y cuando se sintió los suficientemente ebrio, se armó uno de esos cigarros, de los que te dan risa primero, y luego te aflojan la lágrima, lo fumó lentamente, hizo figuras, con el humo que de pronto se hizo neblina en la habitación, la psicodelia le hizo ver las letras del nombre de aquella mujer, escritas con humo, alucinó de tal loca manera, que rió, gritó, golpeó y pateó con furia y desespero la cama, con toda la furia, la rabia, la amargura, la pena pura, el dolor intenso, la impotencia total.
Cayó dormido, fatigado por la descarga emocional, pero no concilio el sueño por mucho tiempo, se despertó algo mareado y con nauseas, le dolía la cabeza, pensó que se había golpeado contra algo, respiro profundo y ya consciente de los hechos, se puso manos a la obra, había llegado el momento, era el tiempo de acabarlo todo de una vez por todas.
Quebró la botella de alcohol y con uno de los filosos trozos, cortó su brazo izquierdo, escribió en profundos cortes el nombre de su amada, se quejó de dolor, apretó sus dientes, y la sangre empezó a brotar con escándalo tiñiendo de sangre la blancura de las sábanas.
De una mochila que llevara encima, sacó una hoja de papel en blanco, y con su propia sangre escribió una carta.
Esto fué lo que escribió, preso del dolor y la demencia que padecía su alma:
"Amada mía, Mi ....., no entenderás lo que hice, nadie lo hará jamás, me sobran los por qués, ésos que harán falta para explicar, esta decisión, absurda para muchos, cobarde para todos, pero consoladora para mi, una razón que solo yo entiendo, así como lo es este amor, que solo yo siento, he decidido terminar con mi sufrimiento, es en esto, en lo que se ha convertido mi vida, desde que te fuiste de mi lado, quise olvidarte, lo intenté, pero también fracasé como en casi todo lo que intenté despues, quise arrancarte de mi ser, pero no pude lograrlo.
Se que todos me juzgarán por este hecho, más no vivo por la opinión ajena, muero por mi propia voluntad y mano, bajo mi propio convencimiento, de que te amé y te amaré siempre, nadie entiende la profundidad, ni de este sentimiento, ni de las razones que me llevan a hacerlo.
Decidí darle fin a mi tortura, ésta de amarte, de esperarte, sin que seas mía de nuevo, sin que regreses a mi, decido acabar con esto, que fué breve felicidad para mi, y que luego fué mi sentencia de muerte, la misma que ahora, me dispongo llevar a cabo.
Lo siento, perdóname, te amo, gracias!
Luego secando sus lágrimas, que cayeron abundantemente sobre las hojas destiñendo las letras, extrajo de la mochila un revólver calibre treinta y ocho corto Smith and Wesson, que logró comprarle a un malandro por trecientos mil pesos, revisó el tambor, solo había una bala, no le alcanzó el dinero para comprar las otras cinco, -con una sola bastará- pensó para sí, -solo debo ponerla en el lugar correcto-.
Se la puso en la boca, pensó dispararse en ese lugar, más sintió miedo, uno tonto de último momento, hubo amago de arrepentimiento, pensó que le dolería mucho, perdió el valor, se vió con el rostro y el cráneo hecho pedazos por la detonación, así que cambió de parecer, y en su lugar, puso el cañón del arma en su pecho, en el lugar donde sentía los latidos de su nervioso corazón, latía deprisa, entonces, se le vino a la memoria el rostro de la chica, imaginó su cabeza recostada contra su pecho, le pareció aspirar el aroma de su cabello, su respiración, agitado las vellosidades de su vientre, imaginó que ella volvía su rostro para mirarle y clavarle sus ojos miel en los suyos, fué en ese mismo instante en que haló del gatillo.
La detonación resonó en un estruendo seco, que hizo eco en las paredes de la habitación, su cuerpo, quedó tendido en la cam, la bala partió en dos su corazón y perforó su pulmón izquierdo, de su boca y nariz, brotaron hilos de sangre, la prueba inequívoca de que el tracto respiratorio se saturó de sangre, buscando una salida que no fuera el agujero del pecho y la espalda.
De sus ojos también brotaron unas últimas lágrimas, ensangrentadas también, cosa que los forenses no pudieron explicar con certeza absoluta.
Cuando le hallaron sobre la cama, había pintado una especie de graffiti, en una de las sábanas con las que se cubrió el cuerpo, con la misma sangre del brazo, con la que escribió la carta, antes de pegarse el tiro.
El mensaje a puño y letra decía:
"Ciertamente y como muchos sostienen, no se muere de amor, pero por amor sí se mata, aunque el muerto sea uno mismo".
La carta fué hallada en un sobre que tenía como destinatario el nombre de la mujer que se tatuara con el filo del vidrio en su brazo, con una frase póstuma que decía:
"Mi cuerpo a la tierra, mi fé y mi esperanza al Dios que traicioné, y mi alma maldita, al diablo!(aunque el muy infeliz ya sabe, a quién debe reclamársela), y mi corazón partido en pedazos, a la mujer que lo dejó así, cuando decidió marcharse".
Firmo con sangre


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