martes, 22 de abril de 2014

"En un día como cualquier otro, un montón de papeles sobre el escritorio, un montón de asuntos pendientes, contratos, facturas, y demás; la lucecita parpadeante del contestador, anunciando un montón de llamadas en espera.

Unos sofisticados y glamurosos anteojos oscuros, disimulan un insomnio prematuro y las ojeras de una resaca mañanera. Levanta a penas su mano cuando cruza el hall que lo conduce a los cubículos que se apiñan a la entrada, como un insorteable laberinto hasta su oficina, en la otra mano sostiene su teléfono movil y atiende una de sus muy tempranas llamadas.

Cierra tras de sí la puerta, se sienta cómodamente en su silla, mientras mira por la ventana con algo de indiferencia, los edificios de enfrente que hacen de pintura realista, mientras la luz del sol se filtra por el cristal y las persianas que cubre la panorámica de su ventana, no tarda mucho en el asunto del teléfono.

Del otro lado del cuarto, la secretaria se apresura a organizar un fajo de papeles y documentos, se mira en el espejo que gurda en el bolsillo de su cartera de mano, y mira atentamente el panel del conmutador, esperando que una luz de las muchas que titilan se encienda, indicándole, su presencia inmediata en la oficina de aquel ejecutivo con pinta de gentleman gigoló.

Con disimulo organiza su blusa, su chaqueta, mientras remanga sobre si la corta extensión de su falda, acomoda unos ligueros que ciñen de sensualidad y provocación el nacarado de sus piernas.

Dentro de la oficina, aquél que hace las veces de su patrono, la monitorea sigiloso en una pantalla que conecta una cámara de vigilancia, mientras sus ojos se clavan como puñales en la diminuta pantalla, su mente se retuerce en pensamientos cargados de testosterona, lo que hace que casi y como acción involuntaria se abulte su entrepierna.

El instinto le ha seducido con aquellas imágenes físicas y mentales, su razón se desvanece y le hace campo en el inconsciente a la líbido que parece desbordarse, oprime finalmente el interruptor, y con aquella voz que mezcla algo se apostura, seriedad y autoridad, hace llamar a su asistente personal.

Mientras la silueta de aquella joven y hermosa mujer hacen su aparición por el umbral, él mañosamente cierra las persianas que cubren la ventana, bajando adrede la intensidad de los rayos del sol que se levantaba y que lograban filtrarse llenando de luz aquella sala.

La luz queda atenuada en el interior, él se recuesta cómodamente en su silla como si fuese a presenciar un show, la pasarela de un desfile de deseos que le aceleran los latidos y le desorbitan los ojos lujuriosos.

Ella ingresa lenta y cadenciosamente, como escribiendo una partitura en el alfombrado de aquel lugar, un halo de misterio la sigue, una sombra le hace huella mientras le persigue los pasos, de la misma forma, los ojos de su empleador le caen encima, mientras sus tacones hacen eco en el recinto.

Un suspiro y una bocanada de aire silente,  casi imperceptible se escapa de la boca abierta de aquel ejecutivo espectador.

Ella se inclina y coloca una carpeta atiborrada de papeles sobre el escritorio, y su escote descarado, hace que las órbitas de los ojos de aquel hombre adquieran un singular y elevado tamaño, y la dilatación de sus pupilas, las que no dejan de escanear los contornos de aquella figura femenina.

Su corazón aprieta el acelerador de los latidos, y el que habita en su ropa interior, no parece tener mucho espacio, en el lino de aquel fino pantalón.

Ella le clava el verdor de sus ojos cargados de lujuria pecaminosa, mientras coqueta, baja un poco los anteojos que enmarcan su letal mirada, luego con un ademán felino se sienta en una esquina del escritorio, mientras cruza con descaro las piernas dejándose ver el color de la ropa interior y los ligueros, tan negros como sus sucias intenciones, haciendo morder los labios de su jefe, dibujando perversión en su rostro ruborizado de fascinación.

La invitación a los sentidos ya había sido hecha, ambos sienten el flujo de la adrenalina por sus torrentes sanguíneos, su respiración se da prisa, y un sudor tibio recorre sus espaldas, sus pensamientos recrean todo tipo de imágenes cargadas de líbido, se dibujan escenas cargadas de morbo en la complicidad de una mutua mirada, ella y él, sienten que sus deseos rompen filas, que las ganas les hacen un tropel que no logran contener, el deseo los empuja, no ofrece mayor resistencia, ellos deciden súbitamente, darle rienda suelta a la insensatez, de algo que les supera en instinto la razón, de algo que ya los dos no aguantan.

Ella le salta encima, como fiera sobre su presa indefensa, lo toma por el cuello, sujeta una de las solapas de su camisa y con la otra mano le hala la corbata, se estampan un beso intenso y sus lenguas entablan una muy particular conversación, se entrelazan, como serpientes, con frenesí y un desespero inexplicable, recorren sus cavidades, se mordisquean, los labios, los mentones, como bebiéndose un néctar que les brota de su saliva, el jugo de un fruto prohibido, que apenas van a empezar a comer.

Él con una de sus manos busca uno a uno en la espalda de ella, los botones de la blusa, mientras que la otra mano con descaro consentido, masajea y moldea la redondez de su par de nalgas.

Es un manoseo intenso y descarado, como un calco a mano limpia, pero con conciencia bien sucia, las manos de ambos andan por todos lados, como esculcando las formas y las partes, los contornos, hendiduras y protuberancias, parecía más una requisa, el reconocimiento de una ceguera que ninguno padecía, cuando menos, no de la vista.

El logra despojarla de una sola vez, de su blusa y sostén, y la suerte le premia con un par de pechos desnudos que se agitan frente a su rostro, fruta fresca que se ofrece a degustación.

Ella desabotona su camisa como puede, mientras el le besa del pecho para abajo, ella le afloja la corbata y le desata el cinturón, el continúa usando su boca para emparejar la talla del sostén, y su lengua enfrenta su puntiagudez con los redondos vértices de aquellos rosados pezones.

Ahora las manos de él no están mas sujetando la parte más baja de su espalda, sus dedos se aventuran juguetones, en busca de pliegues húmedos y hendiduras mojadas, mientras su lengua se adhiere como pegajoso instrumento a su vientre, y pincelea los contornos del ombligo de su asistente.

Ella siente que su ropa interior se humedece, con la amenaza de una precoz descarga orgásmica, entonces se retira súbita y provocativa, y se agacha entre las piernas de aquel fetiche, ella masajea la protuberancia del pantalón de su amante, baja lentamente el cierre, y esculca en la ropa interior con un afán pecaminoso, mientras dibuja lujuria en su rostro y un morbo casi diabólico en los ojos.

Ella sujeta con fuerza lo que halló entre el calzón, y entonces satura su boca con un beso de acento extranjero, uno galés, que logra arrancar los gemidos de placer de su no tan casual pareja, en perfecto castellano.

Lo que mutuamente se hicieron luego el uno al otro, un lenguaje oral, del que muchos considerarían prohibido escribir, no fué sexo escrito, pero fué oral y lo que se dijeron sus bocas con sus partes, de ellos solo brotaron quejidos, no palabras.

(cosa más absurda llamar sexo oral, a lo que haces sin poder decir ni una sola palabra)

Aquel escritorio confundió su función y le tocó hacer de lecho, ambos lograron borrar de su mente el pudor y el miedo a ser repentinamente descubiertos, haciendo una nueva edición del kamasutra, sobre aquel improvisado catre.

Se besaron tanto, que ambos sintieron la necesidad de beber agua, pues se les agotaba la saliva.

Él la embistió con acelerado desenfreno, ella lo recibió con complacencia participante, ambos se follaron, se fornicaron uno al otro y cometieron uno a uno todos los pecados de la carne, se profanaron aquellos templos del alma, ardieron juntos en un infierno de pasión que ellos mismos se inventaron.

Aquello fue más una batalla campal, un devorarse mutuamente, en su desaforada manera de amarse, sacudieron telúricamente el escritorio echando por tierra, los objetos de oficina y la papelería.

Finalmente y entre gemidos que hacían eco en aquel lugar, llegó el espasmo de la descarga, y hubo una especie de pausa silenciosa, entremezclada con resoplidos de una respiración entrecortada y agitada, hubo un cese de actividad, un estado de aletargamiento y reposo entre el cazador y su presa, y por un momento, uno único, uno casi mágico, justo cuando el descargó su contenido seminal, y ella simultánea y en sincronía hacía también la suya, sus ojos se encontraron en la profundidad de una mirada, se reconocieron brevemente en el color de sus pupilas, y aunque el orgasmo les dolía en sus genitales, permanecieron así brevemente, como extrañados de lo que ambos se vieron en los ojos.

Se besaron por instinto complaciente y agradecido, pero como si hubiesen sido descubiertos por algún paparazzi camuflado, se vistieron tan deprisa como pudieron, se limpiaron las evidencias químicas y físicas de su sexual encuentro, ella y él su mutuo desorden recogieron.

Él ciñó de nuevo el sostén, y uno a uno los botones de la blusa, ella hizo lo mismo con la camisa de él y anudó de nuevo su corbata en aquel cuello tatuado de labial.

Se arreglaron el desgreñe del cabello, y luego cada uno ocultó una vergüenza y un remordimiento que no sentían en sus respectivos anteojos.

Ella se subió de nuevo la falda y acomodó su ropa interior y sus ligueros, como si nunca hubiesen sido retirados de su humanidad.

Se dieron un último beso, se susurraron descarados y atrevidos elogios al oído, ambos dibujaban ahora una sonrisa que mostraba la mutua satisfacción de aquella hambruna de fantasía sexual compartida.

El móvil de él sonó rompiendo el silencio, fracturando el momento, pifiando el instante, el identificador escribió un nombre:¡es mi esposa!, una mueca fría, un cóctel de sorpresa y ése natural susto de saberse sorprendido, fué lo que recibió su amante, su voz antes masculina, perversa y siniestra, durante el acto, ahora se amansaba y titubeaba ante la voz de la fémina interlocutora con la que hablaba.

Se sentó con un leve temblor en las piernas, no fué producto de la faena, mas bien fué la sorpresa de aquella inoportuna llamada, el giró su silla y abrió de nuevo la persiana, dándole a ella la espalda.

Ella tomó nerviosa la carpeta con la que entrara del escritorio recién ordenado, y preguntó con algo de incomodidad nerviosa y molesta en la voz:"¿se le ofrece algo más?".

Él sujetaba el móvil aún en su oído con una de sus manos y con la otra masajeandose la frente y el cabello, casi con desdén y desinterés en la voz le respondió:"¡por ahora no!, ¡así estuvo bien!, luego la llamo, si llego a necesitarla".

No la miró más y siguió su conversación con una fingida sonrisa, endulzó de nuevo el tono de la voz, para agasajar a la mujer que estaba del otro lado de la linea telefónica, la mujer que una vez juró amar y serle eternamente fiel en un sacramento que acababa de profanar.

Ella salió de la oficina, y con algo de rabia y celos buscó su movil en el bolsillo de la cartera de mano, varias llamadas perdidas aparecían en el registro, ella marcó de retorno, y una voz masculina resonó en el auricular de su teléfono diciendo:"¡hola mi amor!, ¿en dónde estabas?, ¡te he estado marcando hace más de una hora!, ¿por qué no contestabas?"

Ella con la frialdad de una mentira prefabricada le responde:"¡estaba en una junta, con mi jefe, no podía contestar el teléfono!".

Y así siguieron jugando el peligroso juego del engaño, cada día, en las horas del almuerzo, en la tarde, a horas de juntas y reuniones que no aparecen en la agenda y que nunca fueron convocadas.

Él engaña a su devota esposa con su asistente, ella a su novio con el jefe."

Nadie está nunca conforme con lo que a su disposición tiene, y anda en la búsqueda peligrosa de lo que no se le ha perdido, con quien no debe.

Qué lúdica mas peligrosa, es eso de andar tentando al destino, el propio y el ajeno, con falsedad de sentimientos, resulta ser la seducción de los sentidos y de la carne, un juego cruel y perverso, en donde priman las mentiras y en donde la verdad se deja a su propia suerte.

Se hace tan fácil hallar hoy por hoy el sexo, y tan difícil eso que llaman amor.

¿Si un orgasmo remplaza los sentimientos, lo sublime de lo eterno, puede entonces lo eterno sucumbir ante lo efímero de un casual encuentro?

Hay quienes afirman que al mal amor, bueno es el sexo, y quienes dicen que a falta de sexo, buen consuelo resultaría ser el amor.

Yo solo sé que el sexo es el sexo y que el amor...bueno, no se que coños es...solo sé que el sexo sin amor, es terriblemente insípido, y el amor sin sexo, terriblemente cojo e incompleto."

























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