viernes, 25 de abril de 2014

"Pobres niños ricos, a quienes la vida los ha castigado y maldecido con fama, gloria, poder, honra, fortuna y dinero, cosas que se canjean y cotizan bajo el mismo concepto y valor.

Pobres niños ricos, cuyos ilustres apellidos, y esos ancestrales lazos familiares, les anteceden y preceden a donde quiera que vayan, que les abren todas las puertas, y que les tapizan y alfombran de elogios y adulaciones los pasos que dan, los mismos niños de cabeza acomodada que andan escoltados por su ego rechoncho y abultado, tanto como las cuentas corrientes de sus papitos, por el orgullo y distinción de ser fulano de tal.

Pobres niños ricos, cuya extrema riqueza y exagerada fortuna, les crea y les alimenta esa falsa sensación de invulnerabilidad, de inmortalidad, de impunidad.

El dinero es el fin que justifica sus medios, sus actos, sus pensamientos y sentimientos, se convierte en su más valiosa herramienta y en un poderoso instrumento, en la justificada excusa para arriesgarlo todo, darlo todo, intentarlo todo, a cualquier costo, a cualquier precio.

Pobres niños ricos, que crecen con la idea de que todo está a la venta, las cosas, las personas, los sentimientos, la mente, el corazón, el cuerpo, el alma, el espíritu, la dignidad, la inteligencia, el honor, el sexo, lo que se puede ver, oler y palpar, lo que no, también creen que precio puede tener, si se ofrece lo suficiente.

Creen poder comprar todo lo tangible y todo lo que escapa a su mortal y material entendimiento, su propia megalomanía, es una especie de ariete, que derriba toda frontera, toda barrera social, política, moral, religiosa, psicológica, filosófica y por supuesto económica.

Su venerado dios dinero, es su única fé, su credo, su dogma, su paradigma, su obsesión, su estandarte, por encima de todo, de todos, de sí mismos, lo harían todo por seguir siendo ricos.

Pobres niños ricos, cuya autoestima se sustenta y se reafirma en la posesión y colección de objetos a los que se aferran como garrapatas a la carne, objetos en los que gastan una fortuna para impresionar a otros menos ricos en materia gris, y en espíritu.

costosos y caros amigos, compran aduladores del poder que les da el dinero, visten a la moda, pues la ropa les es tan importante como cualquier persona, siendo cualquier persona, menos importante que la marca de su ropa, ahorradores mezquinos son algunos, prefieren vivir de las apariencias y los apellidos, mientras sus tripas les silban de hambre y tacañearía absurda.

Gastar les calma las crisis nerviosas, se curan la depresión coleccionando cosas, personas, experiencias que puedan publicitar, que mejoren su fama, imagen y buena fortuna.

Su afán de ostentar es compulsivo, una maniática-mediática conducta, casi involuntaria, pero fría y calculadamente premeditada.

El dinero, se convierte en una prótesis a su mutilada y discapacitada naturaleza humana, algo con lo que no se puede llegar a vivir si hace mucha falta.

No conocen el hambre, ni la carencia, más que a través de las noticias de periódicos que consideran mentirosos, exageradores de la realidad y amarillistas de la tragedia ajena.

Por supuesto que saben del trabajo, quienes sudaron su frente y doblaron su espina dorsal para amasar fortuna a costa de su propio esfuerzo y salud, pero también los hay que saben del trabajo duro, por que lo ven hacer por otros para beneficio de ellos.

Pobres niños ricos, cuyas vidas privilegiadas y bendecidas por las autoridades del clero y la política, se ven amenazados, por una masa ignorante, una chusma de envidiosos, y resentidos sociales, parias que carecen de buenos modales y buenos apellidos.

Pobres niños ricos, que deben soportar la compañía de toda esa plebe, que pretende ilusamente tener la clase, y distinción que les caracteriza desde antes de nacer, ¿como diablos se les ocurre que puedan siquiera pretender ser como ellos?, ¿como pueden ser tan igualados?, ¿no pueden ubicarse bien, y ver que no son como nosotros?, ¿somos la élite del ego?.

Pobres niños ricos, aún a pesar de todo su dinero, y el poder que les inflama el ego, padecen de enfermedades terminales, como cualquier pordiosero, también les da hambre, mal aliento, y cuando mueren, si no son cremados, los gusanos los devoran como a cualquier cristiano.

Ni todo el oro del mundo les puede dar la inmortalidad, algunos mueren con estilo, estampillados contra un muro en sus ferraris, en sus porches, y lambourginis, en sus aviones privados, ahogados en sus tinas con enchape de oro.

En medio de las cirugías tan plásticas como sus propias vidas,  con las que mejoran el aspecto de su superficialidad, pero no el aspecto de su alma, añaden artificialmente belleza a su vanidad mundana, pero no se operan el corazón egoísta que se les pudre en el interior y corrompe el resto de sus entrañas, allí donde reposa su mayor fealdad.

Todo lo que quieren o se antojan lo pueden comprar, en efectivo, cheque o crédito, pero con dinero contante y sonante no compran la paz de sus conciencias, ni el sueño para su insomnio, ni la cura a su cáncer terminal, ni el milagro de caminar para su cuadraplegia, ni el amor en sus matrimonios de encanto, ni la felicidad para sus vidas llenas de cosas y vacías de humanidad, no pueden comprar la sinceridad de un amor, la lealtad de una amistad, un perfume fino apenas y disimula la hediondez de su trasero, o el mal aliento de sus refinadas y políglotas bocas.

Un generoso diezmo podrá perdonar sus múltiples pecados de la carne, pero no les aparcará un lugar en el cielo, que creen se vende como privada propiedad.
Se vestirán de seda y chiffón, de lino fino, pero será lo único fino que poseerán jamás, no ocultarán su ser mezquino ni el bajo precio en el que su negra alma cotiza en la bolsa de los verdaderos valores.

No tengo nada en contra de los que nadan en dinero, hay fortunas bien habidas, con sudor y esfuerzo, con dignidad y trabajo duro, son pocas, como las brujas, pero que las hay, las hay.

Mi problema es con los que hacen del dinero un instrumento del mal, uno que usan para humillar, para denigrar, para rebajar, para pisotear, para comprar la dignidad, para pagar el trabajo sucio del homicidio a un enemigo, para sobornar la ley, para comprar la conciencia, para imponer la voluntad a la fuerza.

El dinero, puede ser como muchas cosas que se usan, una bendición o una maldición, como instrumento y como medio, esto depende, del ángel o el demonio, que lo gasta o que lo usa."
















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