"Sin afán alguno de ofender, solo voy a señalar, a mostrar lo evidente, lo que todos ven, y se pasan por la faja, incluso la propia.
La hipocresía colectiva de la que participamos a diario, en los días que la iglesia santificó, y consagró para enraizar la tradición de un culto que carece de fundamento histórico, otra de sus muchas manipulaciones de la conciencia e ignorancia humana.
Como sea, la gran mayoría de la masa, se arroja a las calles en procesión, con lo mejor de su bisutería y tapicería, pero su fanatismo no les alcanza para abandonar por un solo día sus adicciones personales.
La exhibicionista usa su falda más corta y su escote más pronunciado, ella logra incluso distraer la homosexualidad de cualquier presbítero con la descaradez de sus ropajes, que más que cubrirle la desnudez, lo que hace es que los ojos de los lujuriosos le quiten la poca ropa que la cubre.
El reggaetonero, disimula su escandalosa vida en unos anteojos negros, que le disimulan el estado de narcosis permanente en el que mantiene, la música retumba a altos volúmenes, en sus oídos, mientras sus ojos escanean en la multitud, alguna gata para coleccionar, poco le importa la religión, ni el carnaval de imágenes llevadas al hombro.
La comunicadora del barrio, no deja de murmurar, su curiosidad se deposita ahora en las vidas y aspectos del común, ya no está en su ambiente de barriada, dónde todas las demás vidas importan, menos la suya propia, ella despotrica en críticas de sus semejantes, mientras empata su pecaminoso proceder, con un par de padrenuestros incompletos y unas avemarías a medio terminar.
El ricacho chicanero, con todas sus alajas, sus posesiones publicitarias, su pantalón de moda, sus anteojos de un millón de pesos, su acento extranjerizado por la ridiculez, una sonrisa tan hueca como su ser, una postura santurrona, más cuando se encuentra en la calle con algún pordiosero, le mira con desprecio y le ignora, prefiere entregar un billete arrugado que siga alcahueteando la pedofilia de su credo, que calmar el hambre de algún infortunado mal oliente.
Y ni que decir de los que abiertamente se van a los balnearios a rostizar sus pieles, a exhibir sus carnes, a beber, a fumar, a parrandear y a pecar como siempre, sin el más mínimo pudor o arrepentimiento, tienen un dios todo misericordia, un dios que todo lo perdona, un dios que ya pagó por sus pecados.
Lo que en principio fué una tradición sacra, una cuya solemnidad nada podía sobrepasar, es ahora la pantomima colectiva de quienes se presumen pertenecientes a una iglesia en decadencia, unos golpes de pecho que no alcanzan para redimir las conductas pecaminosas en las que no dejan de caer.
Los mismos que van a misa cada domingo, son los que gritan y golpean a sus esposas en noches de borrachera, los mismos que abusan de su propia sangre, que roban y mienten.
Las amantes se perfuman y se encopetan en las primeras filas de los templos pero dudo que se arrepientan de arruinar los matrimonios.
El drogo, no siente remordimiento por el corazón roto de su progenitora, el ya eligió el mundo sureal de los narcóticos, esos que efímeramente le extravían de la realidad, y que no le da para percibir el amor eterno de su propia madre ni el de nadie.
Es el asunto de este mundo, solo uno se sacrificó por todos, solo uno dió su sangre, solo uno murió por la verdad que defendía, solo uno fué fiel a sus principios, solo uno practicó el amor en todo su real sentido, y por el nadie es capaz de hacer sacrificio alguno, es la decadencia de las creencias, la muerte lenta de la fé, por causa de la moda y los tiempos modernos, es la pérdida de los valores y del respeto, ya no hay asuntos sagrados para nadie, o para muy pocos.
Me asquea parapetarme en una fé que no profeso, aparentar una fe en un Dios en el que no creo o al que no respeto, por ello no voy más a los templos, ni escucho sermones que no tomo como ejemplo, yo busco en mi interior y evalúo mis defectos, yo soy mi propio acusador, mi verdugo, mi abogado defensor, yo mismo me condeno y me absuelvo, yo entendí que no es pecado equivocarse, pecado es vivir equivocadamente, el pecado no es más que una culpa que te endilga la propia conciencia, esa que te dice que hiciste un mal.
Mas las cosas están tan patas arriba, que lo malo ya tiene cara de bueno, y lo bueno apesta, tanto como todo lo malo, pareciera que no hay malos, ni buenos, ni pecadores, ni pecados, todos estamos en lo correcto, o todos estamos equivocados.
Lo único real y cierto, es que compartimos el mismo infierno, con la esperanza inútil de alcanzar un cielo que quizás no existe, que solo inventamos para no perdernos."
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