lunes, 12 de enero de 2015

"-Yo tuve una visión contigo, un sueño, una especie de vistazo a un futuro posible.
Yo despertaba a tu lado, tu estabas dormida aún, la luz del sol se filtraba por las cortinas, llevabas puesta una blusa que marcaba la desnudez de tus pechos y tu ropa interior de color rojo insinuaba deseo.
Mis ojos te recorrieron del cuello a los talones, te abracé y sentí la tibieza de tu cintura, ésa de la cual le gusta a mi boca ceñir un cinturón de besos.
Puse un beso en tu cuello y tu nariz soltó un resoplido.
Me concentré en tu respiración, en como tu vientre se llenaba y se vaciaba con el aire de tus pulmones.
Deslicé mi mano hasta tu pecho izquierdo, no para provocar tu sexo, lo hice para sentir los latidos de tu corazón, tus manos instintivamente tomaron la mía, giraste la cabeza y me diste un beso en la boca.
Y yo que imaginé que el cielo no tenía sucursales, ni sabor alguno, comprendí que tenías un pedacito en la carnosidad de tus labios.
Olí tu cabello, besé tu espalda, jugué a dibujar constelaciones con los lunares que encontré por allí, y mis dedos bajaron hasta más allá por entre tu ropa interior.
Se fueron sin promesa de volver.
Desperté, volví de aquella utopía, estaba solo en mi habitación, abrazaba mi almohada como un naufrago a un trozo de madera.
Sentí el enorme e insondable vacío de mi cama, mis ojos se plantaron en el techo, los cerré y vi los tuyos, su brillo, la intensidad y el alma que se solía asomar.
Algo oprimió mi pecho, un amago de congoja, mis ojos se humedecieron, pero prefirieron permanecer en la sequía del llanto inútil.
Suspiré como si estuviera profundamente enamorado, más el aire que se me escapó no tenía amor, estaba envenenado de nostalgia pura.
Me levanté, caminé hacia la ventana, abrí las cortinas y dejé que el sol encandilara mis ojos.
Deje que su calor me quemara el pecho, como lo hicieron una vez sus besos.
Miré la calle y estaba llena de todo, vendedores, estudiantes, transeúntes, niños, jóvenes, ancianos.
La calle estaba repleta de cosas, de personas, pero faltabas tú, faltaba yo, faltábamos nosotros dos.
El mundo entero era lo mismo, pero nosotros lo hacíamos diferente, respirable, vivible, posible.
El mundo no cambió cuando te fuiste, solo el mío, el que destruyó tu adiós sin explicaciones.
Cerré mis ojos y luego la ventana y las cortinas, para que la luz no me lastimara mas con el recuerdo del brillo de tu mirada.-"

No hay comentarios:

Publicar un comentario