"El marchó en pos de un recuerdo, el de ella, el siempre lo llevó en su pecho, colgado como medalla, de cuando en cuando le latía fuerte, más los años y la distancia, le habían menguado poder, el solo sentía que seguía allí, como una espina punzante, fué por eso que se fué hasta donde ella estaba, para verla con sus propios ojos, para ver lo que el destino no quiso mostrarle.
Ya no era el mismo, el tiempo había dibujado huellas de tiempo en su rostro, y en su cabello, el color blanco se asomaba, cada vez más, con menos timidez.
Abordó el avión, sin expectativa alguna, sin ilusión, sin esperanza, lo hizo con algo de ansiedad y curiosidad, aquella ave de metal, lo llevaría atraves del cielo, a la tierra lejana, en donde ella vivía desde algunos años, por fin la vería, sabría de cuenta propia, que fué de ella.
Quince horas de vuelo, recostado en el asiento de aquel pájaro, quince horas repasando el pasado, las memorias, los instantes breves, las charlas virtuales, las palabras, las promesas, los sentimientos encapsulados, lo que se dijo en aquel entonces, incluso imaginando lo que se guardó el silencio para si, en aquellos años de larga separación y olvido.
Durmió brevemente, de cuando en cuando oteaba en la ventanilla, mirando la extensión del horizonte y del mar, luego cerraba sus ojos, e imaginaba el encuentro.
Bajó del avión, y un viento frío acarició su cara, se metió de prisa por sus fosas nasales y casi le provoca un estornudo, procesó rápido el asunto de la aduana y el paso por el aeropuerto, buscó un taxi a la salida de la terminal aérea.
Pidió al conductor un breve paseo por la ciudad, antes de llevarlo al hotel, el recorrió con sus ojos y el resto de sus sentidos la majestuosidad de la arquitectura, el empedrado de las calles, las luces, el trafico, el río, la gente, todo aquel carnaval de formas, que se presentaba ante sus ojos.
Finalmente llegó al hotel, se instaló de inmediato en la habitación, muy confortable además, sin mayores lujos, pero con una buena vista a la calle, a la que decidió recorrer, pocos minutos después.
Salió solo, como siempre lo hacía desde algún tiempo, llevaba en su mano un mapa, que le prestaron en el lobby del hotel, había renunciado a la compañía de un guía, pues quería ver la ciudad, a pie y por sí mismo, experimentarla, grabarla para siempre en su memoria.
Buscó aquel legendario puente sobre el río, del que tanto le hablaron los guías, cuando le vendieron el paquete turístico, caminó por el, pensando que la encontraría mirando la tranquilidad pasmosa de las aguas que lo cruzaban, más no fué así.
Buscó en el bolsillo de su chaqueta, y sacó un papel, donde estaba anotada a mano, una dirección y un teléfono, buscó una cabina de prisa, y esculcó en una monedera rudimentaria, algo de efectivo para hacer la llamada.
Halló una cabina, casi enfrente de una parada de bus, más su mente, estaba fascinada, con los edificios, las calles, la modernidad en la que la historia de esta famosa ciudad se batía, entre lo pasado y lo reciente, cada esquina, cada calle, cada estructura, gritaba pasado, gritaba historia, mientras lo moderno, escupía un futuro de luces multicolores.
Marcó el número, repicó en varias ocasiones, no contestaron, insistió inútilmente, luego, guardó el papel y siguió caminando sin rumbo.
Encontró más adelante una seguidilla de cafés y bares, decidió entonces sentarse y pedir una taza, que le quitara el frío del rostro; sacó de nuevo el papel y repasó la dirección, cuando el mesero le trajo la taza humeante, le pidió le orientase el rumbo, que estaba garabateado en el trozo de papel.
-Está retirado de acá señor, deberá tomar un autobús, o en su defecto, el subterráneo-dijo sin agregar más, luego le dió instrucciones específicas de como hacerlo.
Bebió su taza, sin afán, pero con la ansiedad propia de los pies que quieren andar de prisa, pagó el café y dejó una generosa propina, además de la sonrisa y los agradecimientos del caso por la instrucción recibida.
Buscó una parada de autobús, y esperó, por treinta minutos, hasta que apareció su ruta, pidió al conductor que lo dejase en la dirección descrita, y este le dijo que aún le tocaría caminar un poco hasta hallar su destino, buscó un asiento en el segundo piso, y dejó que sus ojos se maravillaran de nuevo con el recorrido.
El bus recorrió de nuevo aquella ciudad de ensueño, inmensa ante sus ojos, pequeña ante sus expectativas, pasó casi una hora, cuando el autobús, finalmente se detuvo, el conductor le indicó, hacia donde dirigirse para que no extraviara el rumbo que estaba escrito en el papel.
Tuvo que preguntar a varios transeúntes, pero finalmente dió con la dirección, en una calle un tanto estrecha, una puerta, de madera, un timbre discretamente oculto, pulsó el botón, y su corazón se aceleró como auto de carreras.
Una mujer de unos cuarenta y cinco años aproximadamente, le abrió la puerta, lo miró con cierta reticencia, miedo y curiosidad, el la saludó cortésmente, y ella respondió con diplomacia, el averiguó por ella, pero ella le dijo que ya no residía allí, que se había mudado, preguntó por la relación con ella, el, guardó para si su frustración y tristeza, y le dijo, -soy un familiar lejano-, -¿podría usted decirme, si dejó alguna dirección de a donde se mudó?-la mujer pensó por un momento, y dijo, -la verdad no le puedo decir, no le conozco, como usted comprenderá y no estoy autorizada para darle la mueva dirección-, el no dijo nada, la miró y le dió las gracias, luego se retiró, no había dado muchos pasos, cuando la dama le gritó desde el pórtico,-espere, señor, le diré donde encontrarla-, el se alegró en su corazón de que la señora aquella cambiase de parecer.
La casera le pasó una factura, al parecer de una agencia de mudanzas, en donde se especificaba el sitio donde ella se había mudado, sonrió y fué tal la alegría, que abrazó a la señora, ella intentó rehuir el abrazo, pero al verle la cara, comprendió que había hecho algún tipo de bien, entonces, sonrió también, el, se despidió con un -gracias, gracias, no sabe cuanto se lo agradezco- y siguió su camino.
Tomó un taxi, y regresó al hotel, con el corazón henchido de una melancólica esperanza, tenía una posibilidad muy grande de hallarla, al día siguiente.
Casi no cenó, y se fué tarde al abrigo de la cama, con algo de incertidumbre, con las mismas preguntas que le provocaban insomnio durante tantos años,: ¿me reconocerá?, ¿tendrá esposo?, ¿hijos?, ´¿estará mas vieja?, ¿estará mas bella?, el sueño se apoderó de su ser mientras las preguntas inundaban su mente, quedó dormido profundamente en medio de sus múltiples cuestionamientos.
El sol de la mañana, penetró tímidamente por entre la cortina plegadiza de la ventana, el se levantó prontamente, y se duchó con rapidez, hasta tarareó una vieja canción que le dedicara en el pasado, entonces, muchos recuerdos hicieron fila en su mente, el sonreía en el espejo, y su corazón pareció saltar de alegría mientras se repetía insistente, -hoy es el día-, -hoy he de hallarla-.
Buscó la factura en el bolsillo de la chaqueta, donde la guardara la noche anterior, y fué en busca de un taxi que lo llevara, a la dirección que aparecía en el registro.
El taxi recorrió de nuevo el puente, el recreó de nuevo la vista con las aguas del río, viendo las pequeñas embarcaciones, las gentes en las orillas, los ciclistas en las pequeñas callejuelas, los buses de dos pisos, repletos de turistas, los altos edificios, los museos, la torre del reloj, los palacios y jardines, las amplias plazas, en fin, pareciera que la ciudad quisiera reemplazar sus recuerdos, con toda la belleza plasmada en la impecable e histórica arquitectura de esta famosa ciudad.
Pasó más de una hora, cuando finalmente el taxi lo dejó en frente de una edificación, el taxista el mostró el portón que correspondía con la dirección que aparecía en la factura, pagó un monto bastante alto, pero descendió con alegría del taxi.
Los latidos de su corazón se aceleraron, y parecía entrecortarse su respiración, se acercó al portón, no había timbre, así que tocó, con algo de timidez, nadie respondió, tocó de nuevo, pero no fué atendido su llamado.
Sintió que la frustración, le hacía un nudo en el estómago, miró en todas direcciones, como buscándola, esperando que apareciese de repente en una de las esquinas de aquella calle desconocida.
Decidió entonces,sentarse en unas escalas que quedaban justo en frente, y esperar, respiró profundamente, tratando de exhalar su cóctel de desespero y ansiedad.
Pasaron los minutos, era casi medio dia, cuando se percató de que su espera se haría inútil, pensó incluso que el taxista le había engañado, dejándolo en aquel callejón solitario, todas las calles de aquel sector eran idénticas, solo los números en las puertas, hacían la diferencia.
Nadie cruzó ese callejón en el tiempo que esperó sentado en la escalera,tomó entonces la decisión de levantarse y buscar un taxi que lo llevara de regreso al hotel, sin embargo, sintió hambre y sed, y buscó un lugar cercano para calmar su natural antojo.
Caminó un par de calles y encontró un bar, entró en él, y aunque había un grupo reducido de personas, éstas le miraron con curiosidad, el se acercó con timidez a la barra, y pidió una cerveza, buscó un lugar apartado de la barra y se sentó con la amarga en al mano, la verdad, fué un sabor dulce, el que mojó su sed, luego fijó su mirada en un grupo de muchachos que estaban bebiendo al otro extremo del bar.
Los miró fijamente durante varios minutos y ellos a él también con curiosidad, parecían hablar de el, el no prestó mucha atención y bebió tranquilo la cerveza, mientras miraba a la calle con tristeza, esperando verla pasar; jamás pasó.
Pagó su cerveza, y buscó de nuevo la calle, entonces caminó de nuevo hasta el portón y tocó insistentemente, pero nadie respondió, y justo cuando se dispuso a abandonarlo todo, lleno de tristeza desazón y frustración, una voz gritó detrás de el diciendo-¡no regresan hasta muy entrada la noche!-, el giró sobre si, y vió a una anciana, escoba en mano, barriendo el pórtico,-¿busca la pareja que vive allí?-, preguntó la anciana, ¿pareja?, ¿se casó de nuevo?, se preguntó instintivamente, y guardó un silencio del que la insistencia de la anciana lo sacó, -¿a quien busca usted señor?-
-Buena tarde señora, disculpe usted, si no le contesto de inmediato, estaba pensando, ¿me dice usted que aquí vive una pareja?-, preguntó con doble intención, la viejita lo miró con perspicacia y algo de desconfianza, pensando que había cometido una imprudencia al mencionar a los habitantes de la estancia.
-Si así es- afirmó con la cabeza, -un caballero inglés y una muchacha extrajera creo-, -pero ambos trabajan y llegan hasta muy tarde en la noche-.
-¿Tarde?, ¿que tanto? y disculpe la pregunta-, la anciana, recostó ambas manos sobre la escoba y como repasando en su mente la respuesta y le dijo,:- a eso de las once, casi media noche creo, hacen mucho ruido, ella se ríe demasiado, hacen mucho escándalo cuando beben y llegan borrachos en la madrugada-, refunfuñó la anciana y casi sin preguntarle ella agregó, -creo que se reúnen con sus amigos en un bar que queda a unas calles de aquí, a veces vienen y hacen su escándalo en esa estancia, no me caen muy bien, que tenga una buena tarde señor-, continuó barriendo y luego cerró bruscamente la puerta tras de si, el quedó de pié allí, con algo de esperanza y confundido con la nueva información.
Decidió entonces buscar un restaurante que calmara su ansiedad, más que su hambre, se aventuró de nuevo por el vecindario, pero no vió ninguno, así que regresó al bar y preguntó, el barman le indicó que a varias calles de allí vendían comida rápida, así que, el se encaminó hacia allí, finalmente, sació su hambre, con algo de pescado y papas fritas, y una cerveza negra del lugar, mientras comía, a su mente llegaron en estampida las preguntas que tanto temía responderse.
-Sin duda se casó, vive con su esposo allí-, no quiso pensar más en esto y prefirió esperar hasta la noche, para comprobarlo con sus propios ojos.
Siendo las once de la noche, estaba allí en el callejón en frente del portón, en las mismas escalas en las que esperó infructuosamente aquella tarde, pasó media hora, y nadie llegaba, así que se impacientó de tal forma, que decidió ir hasta el bar en donde la anciana dijo que solían reunirse.
Cuando llegó el lugar estaba lleno, era un viernes, le costó trabajo llegar hasta la barra y solicitar una cerveza, las mesas estaban llenas de lugareños que charlaban, reían, cantaban, en fin, todo el jolgorio de un bar en fin de semana, en medio del tumulto atisbó a las mesas del lugar, y de repente, ¡eureka!, allí estaba, en una mesa distante, era ella, ya no tenía el cabello negro, como cuando la conoció, llevaba unos anteojos, estaba pulcramente vestida, tenía una cerveza en la mano, y guardaba silencio mientras el grupo con el que compartía, parecía bullir de ánimo exaltado por la cebada.
El se quedó impávido, la miró desde la distancia, esperando que por un azar loco del destino ella conectara su mirada, desde aquella distancia, pero estaba bastante entretenida con la charla y alegría de las personas que estaban sentados con ella.
Así permaneció el, en aquel sitio, fué entonces cuando uno de los chicos que estaba sentado junto ella, le besó furtivamente los labios, -ese debe ser el esposo-se dijo el, para si mismo, ella le correspondió el beso y cruzaron miradas y una charla al margen de lo que ocurría a su alrededor, el, entre tanto los veía a la distancia, su corazón sintió muchas cosas, una mezcla de celos y envidia, ella era feliz, allí, con otro, eso, le molestó en principio, pero, su conciencia, le trajo de nuevo a la realidad, como auto recriminación, -merece ser feliz, y creo lo es-, bebió su cerveza de prisa, y entonces recordó que debía ejecutar el plan que ideó desde que se le metió en la cabeza la idea de ir al encuentro de ella.
Sacó entonces de uno de los bolsillos de su chaqueta un sobre, y del bolsillo del pantalón un antiguo amuleto que ella le dejara como recuerdo, antes de marchar a aquel país lejano. Lo metió con cuidado en el sobre y luego buscó un mesero del lugar para hacérselo llegar en el momento oportuno.
El se acercó un poco más a la mesa, y se quedó mirando fijamente al grupo, ellos seguían en lo suyo, riendo, cantando, bebiendo, ella y su acompañante, se besaban repetidamente, intermitentemente, cruzaban palabras entre si, mientras se miraban.
El desde la distancia, veía aquella escena, y vinieron a su mente las memorias de cuando bebieron juntos una noche de viernes, en aquel que fuera su hogar natal, recordó sus manos sobre las de ella, el aroma de su perfume, el color de sus ojos, el timbre de su voz, el calor de sus manos; regresó del trance de los recuerdos y al ver que era otra persona quien desfrutaba ahora de aquello que tanto el amó, sintió que de nuevo se rasgaba su corazón y su alma, y decidió marcharse,Entonces se acercó a uno de los meseros, y le pidió el favor de que le entregara el sobre y su contenido a la chica que estaba en la mesa, y le señaló el rumbo, el mesero tomó el sobre lo puso en su bandeja y llegó hasta la mesa donde estaba ella, el mesero cruzó un par de palabras, y ella, dejando un beso en los labios de su compañero de mesa, recibió el sobre, lo abrió y reconoció el amuleto, preguntó al mesero entonces, -¿Quien ha enviado esto?, el mesero señaló al hombre en la distancia, y el que ya casi se marchaba, cruzó una mirada con ella, ella, le miró y pareció no reconocerle, estaba, confundida y extrañada, no daba crédito a lo que veían ahora sus ojos, aquel hombre de la distancia, parecía a aquel que dejara en aquella tierra añorada unos años atrás, se sintió incómoda, pues, pensó que con toda seguridad, el acababa de ver el beso que estampara en la boca de su enamorado.
El, se puso de pié y buscó la salida, sin mirar atrás, ella, trató de seguirle, pero debió primero dar una convincente explicación del motivo de su repentina salida, el logró llegar a la calle, y esperaba la llegada de un taxi que lo llevara al hotel, sin embargo no apareció ninguno, por lo que optó por caminar, caminó por varios minutos, y una voz conocida, le gritaba desde lejos, el giró y la vió seguirle, casi corriendo, -espera-, le dijo, el se detuvo, y ella logró alcanzarle, lo miró,y dijo jadeando por el esfuerzo de la carrera -eres tu-, -¿cuando llegaste?-, el no supo responderle, ella, se abalanzó sobre sus dudas y le dió un abrazo, el, no supo como reaccionar, pero al tenerla en su brazos, un suspiro brotó silente de sus labios.
Caminaron, por algún rato,el no habló mucho, pero la observó todo el tiempo, ella, no cesaba de preguntarle, -¿hasta cuando te quedas?-, el la miró a los ojos y le dijo, -me marcho mañana-, -¿tan pronto?-preguntó de nuevo, y con tristeza marcada, el dijo, -si, ya hice lo que vine a hacer-, ella entendió que se estaba despidiendo de ella para siempre, no preguntó nada más, solo murmuro un lamento conocido, -¡Ou!-,-¿por que tan rápido?, insistió ella, -ya no importa-, dijo el, ella guardó silencio y dijo mostrando el amuleto, -¿y que hago con el entonces, es tuyo?, el le dijo, -no, es tuyo, siempre lo fué, como el amor que sentí por ti, ahora te lo devuelvo, espero que seas muy feliz, yo parto ahora en paz y en busca de mi propia felicidad-, ella no supo que responder, lo miró con tristeza en los ojos, parecieron aguarse sus ojos pero contuvo el llanto y dijo quedamente, -entiendo-, que te acabe de ir muy bien, volteó y se alejó cabizbaja de el, más adelante se encontró con el chico del bar, y el parado allí, vió como el la envolvió en un abrazo, mientras sus siluetas se perdían a la distancia, el, sintió que su alma se vaciaba de nuevo, y le murmuró al frío de la noche,:-Adiós, que seas muy feliz, te amé, te amo ahora, así no estés más conmigo, te amaré por siempre.
Se alejó de allí y al siguiente día abordó el avión que lo regresaría de nuevo a su país, y a la soledad de los años que fueron desde que ella le dejó.