sábado, 22 de febrero de 2014

"La belleza le sobrepasaba con descaro, y habitaba en todo su cuerpo con irreverencia absoluta, no sé si el cielo sentía celos, pero las estrellas se filtraban por su par de ojos, y su boca, no era una comisura común, más bien era un fruto carnoso que invitaba a la mordedura, más que al beso.

Y la ropa le estorbaba, no hacía mucha diferencia si la llevaba puesta o no, su sensualidad le repujaba doblemente el pecho, y su rostro, era un imán del que se adherían todas las miradas, estaba llena de ojos ajenos, por todas las partes de su cuerpo.

Los silbidos brotaban de las bocas de los libidinosos con los que se topaba, y las bocinas de los autos y las motos sonaban a su paso, piropos de todos los calibres y colores, soportaban sus oídos, al cruzar las calles.

Una obra de arte esculpida a mano por la naturaleza misma, el esfuerzo máximo de la genética humana, colocando todo en su sitio, con naturalidad, la turgencia y voluptuosidad de sus formas desafiando el paso del tiempo y la gravedad.

Hay quien atribuía sus encantos al hábil bisturí de un cirujano plástico, o a la esclavitud de un gimnasio, más, la vida la trajo así, dotada de perfección, provista de magnificencia.

Mujer que a donde quiera que iba, intoxicaba con su imagen, la rutina del paisaje, la culpable de malos pensamientos, de erecciones involuntarias, de pecaminosos deseos, y vulgares palabras, una tentación en tacones, escote negro, ligueros y demás encajes que la hacían ver más demoníaca de lo que ya era.

No había cabida para mentes castas, en su presencia, hasta los ciegos percibían su belleza, a través del aroma que esparcía su perfume cuando exudaba.

Debió ser un ángel, uno caído del cielo, o un bello demonio, salido de las profundidades del mismísimo infierno, deseada y codiciada, monumento de hermosura, la clara prueba de que la naturaleza puede hacer maravillas en el universo visible, Ella no estaba como quería, estaba, como se le pegaba la regalada gana!."





domingo, 9 de febrero de 2014

CRÓNICA DE UN SUICIDA

Pasaron varios meses, antes que la idea se transformara en decisión, la idea merodeó día y noche en su cabeza, como el fantasma de un viejo castillo Inglés.

Su delirio que llegó a estado de demencia, lo llevó a imaginarlo, ¿como sería?, ¿en dónde?, ¿de qué forma?.

Se veía así mismo muchas veces, saltando de alguna parte, un puente, o un edificio alto quizás, pero le pareció una forma muy común de acabar con la existencia, además, su intención era el de poder dejar cuando menos un mensaje póstumo que resultase contundente, si acaso, solo una carta, o un papel escrito, que sin duda muchos leerían con morbo y curiosidad, pero que como todas las cosas de este mundo, incluso la vida misma, perdería la importancia y el interés con el paso del tiempo.

Imaginó luego, colgándose del cuello, con una camisa en la que estamparía, las causas de su mortal decisión, y aunque la idea de la posdata estampada, le pareció original, no así la manera de morir, con el cuello roto, o asfixiado.

Pensó que morir lentamente, era prolongar aún más, un sufrimiento innecesario, que llevaba padeciendo, hacía más de un año.

Entonces su mente se enfocó en algo más macabro, oscuro y siniestro, una mezcla de los métodos comunes y ortodoxos, con algo novedoso, sorpresivo e imprevisto, que causara estupor, que fuera digno de ser recordado; era su propia muerte, ¿por qué no?.

Se llegó entonces el día, una fecha con mucho significado para él, y muy temprano, como de costumbre, se levantó, se acicaló, se despidió de sus seres más queridos, y al cerrar tras de si, la puerta del que fuera su hogar por por tantos años, sintió entonces la nostalgia, del que se marcha, y que sabe en su interior, que no regresará jamás, no cuando menos, vivo.

Su último viaje lo llevó muy lejos de su casa, fuera de la ciudad, inclusive, ésa ciudad que hacía cuarenta y dos años lo viera nacer.

Sintió que dejaba atrás los años de trabajo inútil y desgastante, que poca o ninguna emoción agregaban a su ya melancólica existencia.

Mientras se alejaba de la ciudad, abrió de par en par la ventanilla del autobús, y respiró profundamente, el aire que se colaba veloz, dejó también que el sol de la mañana que se levantaba, encandilara sus ojos, como queriéndolos saturar, de su brillo, recordó entonces aquella femenina mirada, esos ojos color miel que solían producir el mismo efecto del astro rey, que ria recordar su luminiscencia, antes que la oscuridad de la muerte, opacara para siempre su brillo.

Llegó a su destino una hora después, bajó del autobús, y recordó que allí en la terminal, hacía un año atrás, esperaba con ansia y felicidad, a la mujer que marcó para siempre su vida, la mujer que guardaba en su corazón, como el más oscuro de sus secretos, como el más grande de sus tesoros, pero que a su vez, sería ese día "Interfectorem", "mortis causa".

Entró a una pequeña capilla que había allí, estaba casi tan llena como en aquel día, se arrodilló y pidió perdón por lo que haría, otro de los muchos pecados que había cometido durante su vida, uno mortal y definitivo, mucho más que el que cometiera un año atrás con aquel amor prohibido de su vida.

Allí se despidió de su Dios, ése en el que ya no creía, en el que había perdido la fe, le reprochó de rodillas el abandono, el arrebato de su sueño, el juego cruel de poner frente a el, el amor, la pasión y la perfección hecha mujer, y después haberla apartado para siempre de su lado, estrellándolo contra el duro piso de la realidad, secó lágrimas abundantes que brotaron de sus ojos, mordió con rabia, sus labios y su lengua, se santiguó con desdén y dando la espalda al crucifijo sobre el altar, salió de la capilla.

Luego dijo en el tono de voz entrecortada por  la pena, pero que muchos curiosos de su actitud, alcanzaron a escuchar:-se que no vendrás por mi alma. que no habrán ángeles esperándome, cuando haga lo que voy a hacer, le pido entonces que el diga al diablo, que no pierda el viaje tampoco, que si quiere mi alma, le tocará buscarla a ella, y reclamársela, se la dí hace un año, se fué con ella, y no me la devolvió jamás-.

La gente del lugar, lo miró con extrañeza, curiosidad y burla, creyeron sin duda que se le había corrido el shampoo, que se le tostó el cerebro, que rompió los engranajes de la cordura.

Bajó por la escalera que lo conduciría, a la salida de la terminal de buses, por un momento permaneció sentado en la parada, simulando la espera de aquella vez, oteaba cada taxi que arribaba, e imaginó que ella llegaba en alguno de ellos, que bajaba de prisa, con su vestido rosado y su chaqueta negra, lentes oscuros para ocultar la belleza infinita de sus ojos, su corazón pareció entonces acelerarse, volvieron a hacerle agua los ojos, se paró de repente, y detuvo un taxi, subió en el, y le dió precisas instrucciones al conductor, parapetó la pena que le desbordaba por sus ojos, con unos lentes oscuros, más las lágrimas rodaban abundantes por sus mejillas, delatando su congoja, los espejos de los lentes se empañaron, y su nariz se saturó de mucosa, la tristeza hacía repuja en su pecho, sacó un pañuelo facial, y secó su rostro, un llanto seco y quedo que quiso disimular brotó de su boca;-¿le pasa algo, caballero?- preguntó el conductor, -nada, el clima de esta ciudad me tiene apestado-, mintió él, y puso su mirada en una de las ventanas del auto.

Llegó al motel aquel, el mismo en el que compartió el día y parte de la noche con aquella mujer, un año atrás, frente a el estaba la misma habitación, como si nunca hubiese sido usada, desde aquella vez, el mismo cuadro sobre la cama, las dos mesitas de noche a lado y lado, el peinador situado en frente, el mismo espejo, y el jacuzzi que hacía burbujas en un rincón de la habitación.




Preparó todo como lo había planeado, desde hacía tanto tiempo, tomo un baño en la ducha, luego abrió las ventanas, se asomó al balcón de la habitación y miró las montañas a lo lejos, se zambulló en el jacuzzi, llevó consigo una botella de licor, que ingirió con rapidez, luego se sintió un poco ebrio, deshizo la cama, y se metió entre las sábanas, abrazó la almohada, y lloró amargamente, imaginó que era ella a quien abrazaba, imaginó haciéndole el amor, como en aquella vez, y que dormiría con ella a su lado.

Bebió aún más, y cuando se sintió los suficientemente ebrio, se armó uno de esos cigarros, de los que te dan risa primero, y luego te aflojan la lágrima, lo fumó lentamente, hizo figuras, con el humo que de pronto se hizo neblina en la habitación, la psicodelia le hizo ver las letras del nombre de aquella mujer, escritas con humo, alucinó de tal loca manera, que rió, gritó, golpeó y pateó con furia y desespero la cama, con toda la furia, la rabia, la amargura, la pena pura, el dolor intenso, la impotencia total.

Cayó dormido, fatigado por la descarga emocional, pero no concilio el sueño por mucho tiempo, se despertó algo mareado y con nauseas, le dolía la cabeza, pensó que se había golpeado contra algo, respiro profundo y ya consciente de los hechos, se puso manos a la obra, había llegado el momento, era el tiempo de acabarlo todo de una vez por todas.

Quebró la botella de alcohol y con uno de los filosos trozos, cortó su brazo izquierdo, escribió en profundos cortes el nombre de su amada, se quejó de dolor, apretó sus dientes, y la sangre empezó a brotar con escándalo tiñiendo de sangre la blancura de las sábanas.

De una mochila que llevara encima, sacó una hoja de papel en blanco, y con su propia sangre escribió una carta.

Esto fué lo que escribió, preso del dolor y la demencia que padecía su alma:

"Amada mía, Mi ....., no entenderás lo que hice, nadie lo hará jamás, me sobran los por qués, ésos que harán falta para explicar, esta decisión, absurda para muchos, cobarde para todos, pero consoladora para mi, una razón que solo yo entiendo, así como lo es este amor, que solo yo siento, he decidido terminar con mi sufrimiento, es en esto, en lo que se ha convertido mi vida, desde que te fuiste de mi lado, quise olvidarte, lo intenté, pero también fracasé como en casi todo lo que intenté despues, quise arrancarte de mi ser, pero no pude lograrlo.

Se que todos me juzgarán por este hecho, más no vivo por la opinión ajena, muero por mi propia voluntad y mano, bajo mi propio convencimiento, de que te amé y te amaré siempre, nadie entiende la profundidad, ni de este sentimiento, ni de las razones que me llevan a hacerlo.

Decidí darle fin a mi tortura, ésta de amarte, de esperarte, sin que seas mía de nuevo, sin que regreses a mi, decido acabar con esto, que fué breve felicidad para mi, y que luego fué mi sentencia de muerte, la misma que ahora, me dispongo llevar a cabo.

Lo siento, perdóname, te amo, gracias!

Luego secando sus lágrimas, que cayeron abundantemente sobre las hojas destiñendo las letras, extrajo de la mochila un revólver calibre treinta y ocho corto Smith and Wesson, que logró comprarle a un malandro por trecientos mil pesos, revisó el tambor, solo había una bala, no le alcanzó el dinero para comprar las otras cinco, -con una sola bastará- pensó para sí, -solo debo ponerla en el lugar correcto-.

Se la puso en la boca, pensó dispararse en ese lugar, más sintió miedo, uno tonto de último momento, hubo amago de arrepentimiento, pensó que le dolería mucho, perdió el valor, se vió con el rostro y el cráneo hecho pedazos por la detonación, así que cambió de parecer, y en su lugar, puso el cañón del arma en su pecho, en el lugar donde sentía los latidos de su nervioso corazón, latía deprisa, entonces, se le vino a la memoria el rostro de la chica, imaginó su cabeza recostada contra su pecho, le pareció aspirar el aroma de su cabello, su respiración, agitado las vellosidades de su vientre, imaginó que ella volvía su rostro para mirarle y clavarle sus ojos miel en los suyos, fué en ese mismo instante en que haló del gatillo.

La detonación resonó en un estruendo seco, que hizo eco en las paredes de la habitación, su cuerpo, quedó tendido en la cam, la bala partió en dos su corazón y perforó su pulmón izquierdo, de su boca y nariz, brotaron hilos de sangre, la prueba inequívoca de que el tracto respiratorio se saturó de sangre, buscando una salida que no fuera el agujero del pecho y la espalda.

De sus ojos también brotaron unas últimas lágrimas, ensangrentadas también, cosa que los forenses no pudieron explicar con certeza absoluta.

Cuando le hallaron sobre la cama, había pintado una especie de graffiti, en una de las sábanas con las que se cubrió el cuerpo,  con la misma sangre del brazo, con la que escribió la carta, antes de pegarse el tiro.

El mensaje a puño y letra decía:

"Ciertamente y como muchos sostienen, no se muere de amor, pero por amor sí se mata, aunque el muerto sea uno mismo".

La carta fué hallada en un sobre que tenía como destinatario el nombre de la mujer que se tatuara con el filo del vidrio en su brazo, con una frase póstuma que decía:

"Mi cuerpo a la tierra, mi fé y mi esperanza al Dios que traicioné, y mi alma maldita, al diablo!(aunque el muy infeliz ya sabe, a quién debe reclamársela), y mi corazón partido en pedazos, a la mujer que lo dejó así, cuando decidió marcharse".

Firmo con sangre







sábado, 8 de febrero de 2014

"Toma mi mano una noche de estas, y arrástrame a la oscuridad y estrechez de una calle solitaria y desconocida, estréllame contra al pared y estampa un beso cargado de lujuria en mi cuello, muerde el lóbulo de mi oreja, que tu lengua juguetona pierda el rumbo por mi piel, que se deslice serpenteando hasta mi vientre que convulsiona de placer, mientras tus dedos desprenden uno a uno los botones de mi camisa.

Sacúdeme el alma con suaves caricias que recorran mi espalda, dibújame un conato de orgasmos en el rostro, mientras me besas el pecho y el vientre, llena de antojos mundanos y perversos, al habitante de mi entrepierna, dame un beso francés que me arrebate en gemidos de placer el aliento, y que hagan eco en las paredes de aquella calle solitaria.

Cabálgame demonia, súbete a mi vientre, sacude con frenesí tus caderas, busca tu placer, mientras yo aguanto la descarga de mi esperma, muérdeme, aráñame, arranca de mi boca besos, aprieta fuerte mi cuerpo, moldea caricias como si fuera de barro, dame abrazos, hala mi cabello, deprédame, devórame, aunque sea por una vez, toma el control de mi sexo, sacia tu hambre y calma tu sed de lujuria, morbo y pasión.

Y cuando todo haya acabado, cuando el sudor empape las escasa ropa que aún nos cubre, dime cosas sucias al oído, miénteme, súbeme el ego, mírame a los ojos con deseo, dime que lo haremos de nuevo, una y otra y otra y otra vez, hasta que el hastío nos quite las ganas y desgaste el mutuo deseo.

Toma mi mano, una noche de estas, y mírame a los ojos, dime que me amas, tatúa un inesperado beso en mis labios, hala de nuevo mi cabello, y dime más mentiras, de esas que endulzan mis oídos, dime que te vuelvo loca.

Llévame lejos, a la espesura de un distante parque, y tumbémonos sobre la hierba, rodemos juntos por tierra, en un interminable abrazo, y que muchos besos resuenen solitarios por aquel inhóspito paraje, que sean tus labios húmedo rocío para mi rostro, y dulce miel para mi boca.

Toma mi mano un día de estos, y camina conmigo, para siempre, sin rumbo definido, sin planes, ni reservas, caminemos por la vida, riendo, cantando, bailando, soñando, llorando, hagamos el amor en todos lados, de todas formas, bendigamos de pasión al mundo, yo junto a tí, abrazados, unidos por un hilo invisible, que solo los dos vemos, cuando nos encontramos, en una mirada, en un beso, en un abrazo, en una caricia, en el sexo"










"Mortal herida, me dueles hasta los huesos, no mengua el llanto en mis ojos, y el dolor ha hecho morada permanente en mi alma, un vacío, un agujero negro, que se colapsa en mi pecho, y los recuerdos no son más que instrumentos de una cruel y prolongada tortura.

Vivir se ha convertido en el acto heroico de ver pasar los días frente a tus narices, frente a tus ojos, es pintar de gris los paisajes y el cielo, que de vez en cuando descarga sobre la hierba, la carga pesada de nubes de tormenta.

La misma tempestad que remueve mis entrañas, en un desespero absurdo, ansiedad que me inunda y que se desborda, repujando angustia, que talla lágrimas en mis ojos.

La locura me amenaza a cada instante, la poca cordura se diluye, en noches interminables de vigilia, y en eternos días, que no ven el ocaso.

Voy de aquí para allá, como un alma en pena, fantasma condenado al silencio de un olvido incoherente.

Perdí el rumbo, y las ganas de vivir, perdí la poca fé que guardaba celosamente en los bolsillos rotos de mi pantalón, extravié la esperanza, embolaté las pocas ilusiones que quedaban de pie en mi ser.

Espero en silencio, aguardo en el mutismo absoluto del abandono, mis ojos miran en todas las direcciones, queriendo llenar de imágenes la memoria.

De mi boca, solo sale mi aliento, el poco que me queda, camino sin rumbo alguno, me mezclo entre la muchedumbre, saturo mi vida de la monótona rutina de moverme por ahí y de llamarle vida, a la carrera sin freno que ha empezado mi ser, para ser borrado de repente del mapa, por la compasión y misericordia de la muerte.

Se muere por dentro, se finge que se vive, se enmascara una sonrisa, se parapeta una pena, detrás de un rostro de falso optimismo.

Nada volvió a ser igual, todo cambió, mutó a su lado más oscuro, sombrío y siniestro.

¡Aún hay esperanza!, me digo, sabiendo que ya no queda nada, sabiendo que todo acabó."






"Yo sujeté su mano, aquella vez, y mi alma quedó atada a la suya por un hilo invisible, que alguna vez vimos juntos y que hoy por hoy, solo yo puedo ver.

Y me llevó por los recovecos, de una taciturna calle, y las luces de un bar, nos invitaron a entrar, y la música, fué la banda sonora del reencuentro de ése par de extraños, conocidos.

Mis ojos la siguieron a todos lados, a donde fuera que se moviera su exótica figura, calcaban cada curva de su cuerpo y mi nariz se saturaba con el perfume de su piel, me sentí transportado en un viaje psicodélico, como en la hipnosis, una narcosis inducida, por la melodía de escasas palabras que brotaron de su boca.

Mis ojos, buscaban los suyos con insistencia, a tal punto de provocar incomodidad, ¡cuanto cielo, había en ellos!, ¡cuanto mar contenido!.

Sus juguetonas y redondas manos, dibujaban surcos en la tela de mi pantalón oscuro, y las cosquillas que me produjeron, hicieron estremecer cada fibra de mi ser.

Las canciones de rock iban y venían, al igual que las cervezas, de mi boca brotaron muchas palabras, disparaba preguntas a quemarropa, con el urgente afán de alguna respuesta sensata, que aclarara, todos mis ¿por qués?.

En un momento infinito y eterno a la vez, mis ojos lograron filtrarse por entre los espejos de sus lentes y sus ojos color miel se clavaron para siempre en mi ser, quedaron tatuados en el tejido cardíaco, y dos mundos, distantes, ajenos, extraños, entraron en conjunción, danzaron por un momento en órbitas comunes, gravedad atrayente, que aproximó nuestros rostros, magnetismo potente que juntó nuestros labios en un primer beso, beso que derramó endorfinas en cada célula nerviosa de mi cerebro, y la oxitocina se abrió camino hasta el músculo palpitante y allí danzó diabólicamente con la adrenalina que hizo que acelerara sus latidos, y mi cuerpo entero, pareció expulsar su contenido anímico por la boca, mi alma se escapaba en aquel beso, queriéndose fundir con la suya, cerré mis ojos y mis labios saborearon el néctar de su ser, ¡cuan hermoso, fué para mí aquel beso!.

La noche siguió su ritmo, pero los planes tomaron un rumbo distinto, su ser la empujaba hacia la aventura, fué el fin de aquel tiempo en aquel lugar, salimos y caminamos por varias cuadras, detuvimos un taxi con rumbo a lo incierto, y lo incierto suele hallarse lejos de las luces de la ciudad, en lo recóndito de la noche, un sitio que solo pocos conocen.

Alcahuetes de la lujuria, el éxtasis y el desenfreno, rostros desconocidos, y un ambiente enrarecido, un negocio con fachada disfrazada, y un aroma a cigarros prohibidos, hileras de polvo blanco sobre la mesa y botellas de licor, muchas fosas nasales saturadas de psicodelia.

En el último piso de aquel antro, aguardaba el cielo, esperaba por los dos, y una silla mecedora acunaría nuestro encuentro, una grabadora, reproduciría la música que como partitura, dibujaríamos en caricias mutuas y pródigas en nuestros cuerpos, besos en la frente, en los labios, en los dedos de sus manos, en las vellosidades que poblaban sus brazos, terciopelo y seda entre mis dedos.

Su cabeza en mi hombro, en mi pecho, su humanidad en mis piernas, las luces de la ciudad a lo lejos, la noche, testigos mudos de una locura que empezaba a consumarse.

La noche se fué desvaneciendo, en presencia nuestra, y las cervezas por fin, fueron aflojando de a poco su lengua, y pudimos hablar, de algunas cosas comunes, de filosofía, de arte de música, de medio ambiente, y pude saturar mis ojos con la belleza de aquel rostro y mi alma con la hermosura de su ser, aquella noche, cupido traspasó mi corazón, con la más puntiaguda y envenenada de sus flechas, quedé prendado de su inteligencia, de su sabiduría, de su frescura, de su manera de ver la vida, fluí con ella, me dejé llevar por su locura.

Llegó la hora de marcharnos, nos echaron del lugar, prácticamente, y sin embargo no nos fuimos de inmediato, retrasamos adredemente el adiós, no nos fuimos muy lejos, en frente nos sentamos en la húmeda hierba, y aguardamos el amanecer, yo tomé un souvenir de aquel lugar, un par para ser exactos, nos tomamos de la mano, y caminamos varias calles, hasta abordar un taxi, y fuimos hasta cerca de su casa, yo seguí mi camino, verla bajar del auto, llenó de lágrimas mis ojos, verla caminar hasta la puerta de su casa, me fué quebrando, pero faltaba quebrarme aún más después de aquello.

Llevé conmigo el par de recuerdos llenos de aire, y mi corazón lleno de ilusiones, llovió intensamente aquella mañana, llegué una hora después a mi casa, y mis recuerdos llenos de aire, soportaron los embates del clima, testigos mudos de nuestras caricias, nuestros besos y abrazos.

El aire se les escapó dos semanas después, incluso después de que ella se marchara, a otras tierras...para siempre, llevándose consigo, mi alma, mi ser y el amor que le ofrecí aquella noche."



-Jincho y Pea-(sabes de quien hablo)



"Quizás doy demasiado crédito a mis sentimientos y emociones, demasiada e inútil importancia, quizás veo algo en ello, que nadie más puede, quiere o no logra ver.

Quizás es tan cruda y difícil, la realidad en la que sobrevivimos, que necesito escapar de ella, de alguna u otra forma.

Siempre quise amar y ser amado, fué quizás la filosofía "barata", que ves en la tele, y en el cine, la que envenena tu mente, y tergiversa la realidad de las cosas y de la vida.

No hay "príncipes", ni "princesas", ni el amor es un cuento de "hadas".

El amor, no viene siendo más que un intento, frustrante de hallarse en alguien más, incluso más extraviado que tu, de encontrar lo "bueno" del otro, sin buscarlo primero, en uno mismo.

Soy adicto a la Oxitocina, a la Luliberina, a la Seratonina, a la Vasopresina y a las endorfinas, la carga hormonal asociada a este fenómeno, con el que la ciencia deshumaniza y desensibiliza esta terrenal emoción.

Amar no es más que un esfuerzo, que a veces resulta desgastante, por lograr lo imposible, por soñar lo posible, por materializar lo increado, es el impulso, el propósito, lo que nos mueve, lo que nos empuja, es combustible que todo lo enciende, es la sal que le da sabor a la sopa insípida de la vida.

Supongo que hay distintos niveles, en aquello que llaman amar, que empieza como una afinidad, algunos le llaman "química", los más superficiales y "hormonales", empezarán por lo "físico", la atracción provocada por el estímulo y sobre estímulo de los sentidos, el atractivo, el sex appeal, de la "química", se pasa con bastante rapidez a la "física", que es como una especie de comunión, una "alquimia" de los sentidos, una expresión amalgamada de mente, cuerpo y alma (por supuesto, para quienes creen que el alma existe).

Luego viene el apego, el estado de enajenamiento, el enamoramiento, la dependencia psicoemocional, por aquel ser que completa tu rompecabezas existencial, que te hace feliz compañía.

Más eso que llaman amor, tiene más enemigos, que el gobierno de los E.E.U.U., pero el más mortífero sin lugar a duda, y la raíz de su mortal destino, es el miedo, miedo al abandono, a la mentira, a la traición, a la decepción, a la pérdida, una suma de inseguridades y dudas que todo lo daña, que lo desmorona, en desconfianza, en indiferencia, en olvido, en desinterés, en ausencia premeditada.

El miedo es el gran contaminante de ése océano cristalino en el que todos nos zambullimos, con alegría, pensando que no nos puede tragar, o ahogar, éso que llamamos amor.

Quizás le doy demasiada importancia y trascendencia a mis sentimientos y emociones, quizás debo tomar las cosas y las personas como vienen, disfrutar solo el momento y dejar que se vayan, que se alejen, y seguir adelante, como si nada, como si no importara nada, como si su paso fuese intrascendente, insignificante.

Me cuesta trabajo, pasarme por la faja de la indiferencia, tales cosas, son mis sentimientos, mis emociones, es lo que le da sabor y sentido a mi existencia, ¿que sentido tendría entonces vivir así?.

Quizás debiera ser un "aprovechado", y sacar ventaja de todo y de todos, así como lo hace casi todo el mundo, y no sentir vergüenza o remordimiento alguno, como pasa tan de seguido hoy por hoy.

Tal vez algo anda mal en mi sistema de creencias, tal vez se me vino el siglo encima y no me di cuenta.

Yo aún creo en la palabra dada, en la promesa hecha, en el compromiso, en lo eterno de lo hermoso, en el amor correspondido, en el respeto de la persona, de su ideología, de su pensamiento, en lo sagrado de sus emociones y todo lo que albergue su corazón.

Yo creo y valoro todo aquello que no puede verse al microscopio, ni probarse en laboratorios, ni formularse en complicadas teorías o postulados filosóficos, creo en la sinceridad de las palabras, cuando las personas son honestas y francas, yo creo en el afecto, cuando es demostrado, yo aún creo y confío en la "buena fé" de las personas.

Pero debo aceptar con crudeza, que no todo el mundo piensa, ni cree o siente de la misma forma o manera, hay quienes desestiman esta y muchas otras escalas de valores, les rechazan como paradigmas impuestos, hay quienes su confianza no está puesta más que en si mismos, y dan de acuerdo a la mezquindad de su propio ser.

Creo que he amado toda mi vida, de manera incorrecta, de manera imperfecta, de forma equivocada.

Mas creo, que no se ama a personas equivocadas, incorrectas o imperfectas, se ama de manera equivocada, incorrecta e imperfecta.

Parece ser que no hay manera alguna de amar sin salir lastimado, a veces esperamos o exigimos demasiado de los demás, sobrepasamos las humanas expectativas, endiosamos a los individuos, deseamos que sean como quisiéramos que fueran, sin aceptar lo que son.

Esperamos que nuestro amor, nuestro sentimiento los haga "cambiar", los transforme a la imagen de nuestros particulares deseos, entonces, olvidamos, que ya dejan de ser originales, dejan de ser ellos, por complacer nuestros caprichos, olvidamos que cada quien es un cosmos, un mundo, que gira en su propia órbita, cada quien es un universo que se rige bajo sus propias leyes físicas.

El verdadero amor, podría resultar a ciencia cierta, la cosa más insípida emocionalmente hablando.

El amor tiene su cortafuego, que es la mente racional, debe entonces haber un balance y un equilibrio, una danza armónica entre mente, corazón y sexo.

Sin embargo, y es mi caso...corazón siempre apuesta, mente siempre aconseja, sexo no hace caso, y el que pierde es el que palpita."

Amar, dicen algunos, es dar sin esperar nada a cambio, más es ilógico amar de tal manera, muchos lo expresan así, más interiormente se agita otro tipo de tormenta mental, es hipócrita plantear un amor en ese sentido.

Amas y esperas ser amado, si das amor, esperas recibir amor, si das sexo, esperas sexo, si das compañía, esperas recibir compañía, si das lealtad, esperas recibir lealtad.

Todas, absolutamente todas, son expectativas, es lo que esperas que te devuelvan, es en lo que "inviertes", es a lo que le "apuestas".

¿Amor desinteresado?, ése tipo de amor como tal, no existe, si los que no creen en Dios, se les dice ateos, a los que no creen en el amor se les dice "Áfilos".

El amor resulta a todas vueltas una transacción, un intercambio, algo que das con la expectativa de recibirlo de vuelta, a veces das mucho, inviertes mucho, quizás demasiado, pero lo que recibes, puede no ser lo que esperas, no da rédito, frente a lo que invertiste, apuestas y resultas perdiendo.

El amor, resulta entonces una mala inversión, una pérdida de tiempo, el acto sadomasoquista de lastimarse y hacerse mutuo daño con otra persona.

He perdido mi fé en él, ya no lo quiero en mi vida, no quiero hacer tratos, ni negocios con esta emoción.

Si he de dar amor, sabré de antemano que no habrá retribución en ello, será como un regalo, que no habrá recompensa, ni garantía de reconocimiento en ello siquiera, que no habrá rédito alguno en esta inversión.

Me he propuesto dar amor sin expectativas, sin esperanza.

Creo que solo hay una forma de encontrar una persona que te ame como tu quieres que te amen, una que piense, crea y sienta lo mismo que tú; y efectivamente, ésa persona eres tú mismo, así no tendrás que convencer a nadie de nada, ni esperar a que cambie, ni desgastarte en transformarlo en algo o alguien más.

La única persona a la que no debes decepcionar, traicionar, dejar de creer, en la que debes confiar, y amar profundamente, es a tí mismo.

Y no es narcisismo, todos los demás te fallarán, te mentirán, te causarán profundas y dolorosas heridas, que te resultarán insoportables; más las heridas que tu te causes, serán siempre parte de tu aprendizaje y más llevaderas y soportables, son tuyas ¿por qué no?.

"He de amarme profundamente, de ahora en adelante"..."




"Abro mis ojos, y el techo de mi habitación es el horizonte que logra abarcar mi mirada, espacio finito que una bombilla alumbra tenuemente, en la mesita de noche, se atiborran objetos personales, una fotografía sin su marco, un reloj que me dice que son las siete de la mañana, las llaves que abren la puerta de mi habitación, el habitáculo estrecho, donde recluyo mi humanidad, un par de billetes y algunas monedas, las poquedades, con las que apenas y alcanzo a desordenar la simplicidad de mi insulsa existencia...

Una repisa con libros, compañeros de mis largas noches de insomnio, una taza vacía, tanto como lo está mi alma a la hora en que escribo estas cosas, un vaso con agua hasta la mitad, una vela de cera medio derretida, una luz que titila solitaria en la penumbra...

Un espejo, que refleja el paso inclemente de los años en mi rostro y en el color de mi cabello...

Una cama, espacio infinito de dos por tres, desierto nocturno, un colchón que no hace ruido, y que solo el peso de mis huesos deforma cada noche...

Unas sábanas blancas y limpias, lienzos que ningún orgasmo pinta todavía, ni sudor que humedezca, ni cuerpo que dibuje su silueta, excepto el mío, cuando busco un cálido refugio en días y noches de invierno frío...

Soledad, vives conmigo, duermes en el rincón de mi cama, habitas en cada recodo de mi habitación, me esperas desnuda en la ducha, en los cajones donde guardo mi ropa, de pié en la escalera que me conduce a la entrada de la casa...

Soledad, me espías al vestirme, te ríes en mi cara, por mi torpeza en la cocina, te asomas por la ventana del patio, empujas el portón de la entrada, lo disimulas disfrazándote de viento...

Soledad me sigues a donde vaya, esperas conmigo el autobús, te sientas a mi lado, no me hablas, no me dices nunca nada, solo estás ahí, en el vacío del asiento, ocupando el espacio de la nada...

Soledad, sabes a ausencia, a abandono, a olvido inmisericorde, te escondes detrás del silencio, usas máscaras de mutismo, te disfrazas de susurro, te mimetizas de murmullo...

Soledad, estás en lo que miro, en lo que toco, en lo que hago, en lo que vivo, en lo que siento...

Soledad, yo te respiro, y tú me circulas por las venas, como ponzoñoso veneno...

Soledad, de tí estoy enfermo, contagiado de aislamiento, recluido en el vacío, condenado en el anonimato, exiliado en el más completo olvido...

Soledad, vives conmigo, cada día, cada instante, incluso con mucha gente, incluso conmigo mismo, entre multitudes estás presente, en el barullo y el tumulto del mundo, y toda la inmundicia que ensordece la existencia...

Soledad, no te vas de mi vida, te quedas a mi lado, para siempre, te sientas descarada en mis piernas y te burlas, en mi propia cara, me escupes insolente, tu inmortal presencia...